LOS REYES MAGOS
En la noche del cinco al seis de enero los Reyes Magos de Oriente visitan nuestros hogares, dejando a los niños, sobre todo, cantidad de regalos al igual que hace Papá Noël en otras casas en la Nochebuena. Juegos y juguetes de todo tipo, ropa, calzado, dinero, ordenadores, teléfonos móviles... Todo lo que se pueda imaginar es objeto de regalo.
(Hablo, lógicamente, de lo que sucede en España y como en España en el resto del mundo occidental porque, desgraciadamente, la situación no es la misma en todo el mundo y en los países del Tercer Mundo no se pueden permitir ni una mínima parte de las cosas que aquí son habituales. No voy a insistir en lo comentado en otras ocasiones sobre la responsabilidad que nosotros tenemos de que ésto sea así. Permítaseme, sin embargo, hacer un comentario a una práctica que se va divulgando cada año más como es la de recoger juguetes en Occidente y hacérselos llegar a los niños pobres del Tercer Mundo. Con todos mis respetos a la buena voluntad que puede poner de manifiesto, me parece una estupidez. Los niños, aquí y en cualquier sitio, si no tienen juguetes se los "inventarán" y de un trozo de madera, una mazorca de maíz o cualquier cosa harán un juguete desarrollando su imaginación. Esos niños no necesitan que les envíen juguetes; lo que necesitan es que se faciliten medios a sus pueblos y a sus países para que se puedan desarrollar y no les falte una comida, un techo, una medicina o una escuela y de ese modo tengan alegría y ganas de jugar).
Hecho ese paréntesis, añadamos algún comentario sobre los regalos de nuestros niños. Por ejemplo, destaquemos cómo hoy en día, cuando piden sus regalos no se conforman ya con, por ejemplo, "un teléfono móvil". No. Tiene que ser un teléfono de tal marca, de última generación. Y lo mismo pasa con la ropa o con cualquier otra cosa. Los niños exigen unas marcas determinadas. Su integración en el consumismo es total y se ha conseguido, fundamentalmente, a través de la televisión, tanto de las series como de los anuncios. El "bombardeo" constante recibido da sus frutos y los hijos exigen sin tener en cuenta si las posibilidades de la familia permiten hacer frente a los gastos derivados de sus peticiones.
Los padres, además, parecen incapaces de negar algo a sus hijos. "Ya que nosotros no lo tuvimos que ellos lo puedan disfrutar", dicen muchos. Y si hay que endeudarse se endeudan. Ya se saldrá adelante. Se da por hecho que tener cosas es lo que da la felicidad. Sin embargo, como dijo Matilde de la Torre, "a los niños hay que dejarles algo más que dinero; hay que dejarlos el servicio de una infancia alegre. Los padres tienen una obligación principal que es la que más se descuida: la obligación de hacer felices a sus hijos. Ya que los trajeron al mundo sin consultarlos, por lo menos no los entristezcan. Y para que los hijos sean felices tienen que serlo los padres. La alegría es una disciplina social; acaso la más trascendental de todas". Y la alegría, la felicidad de padres e hijos no se consigue sólo con cosas, muchas de las cuales a los dos días de haberlas recibido ya están completamente olvidadas.
La felicidad puede venir simplemente del estar juntos y compartir. Recuerdo ahora, la minifábula que el P. Mieza narraba de un niño que sólo veía a su padre por la noche cuando volvía de trabajar exitosamente, pues ganaba mucho dinero, y cómo una noche le preguntó que cuánto ganaba en una hora. Contestado por el padre, los días siguientes el niño recaudó dinero de la madre, los abuelos, su paga... y cuando juntó lo necesario, al llegar su padre otra noche, le llamó y le dijo que le compraba una hora de su trabajo, que quería que estuviera con él esa hora y hablaran y jugaran. La felicidad de ese niño no era tener más cosas; lo que quería era algo tan sencillo como compartir algo de su vida con su padre.
Por tanto, ayudemos a nuestros hijos a ser felices y ayudémoslos, no llenándoles de cosas, sino educándoles en valores como la generosidad, la solidaridad, la alegría, la comprensión y el respeto a los demás, la tolerancia, etc. Si los educamos en valores y compartimos con ellos esos valores, ellos mismos se darán cuenta de que las cosas no dan la felicidad y dejarán de pedirlas.