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El hermano Longinos

El Hermano Longinos de Santa Mª, era la perla del convento. Lo mismo dibujaba letras mayúsculas en los pergaminos, como en la cocina hacía exquisitos guisos. Lo mismo hacía de sacristán, que cultivaba las legumbres del huerto. Y en los maitines o vísperas, su hermosa voz resonaba armoniosa bajo la techumbre de la iglesia. Mas su mayor mérito estaba en sus manos de organista. Ninguno antes había tocado como él. Lo mejor era que todo lo que hacía estaba iluminado por una amable sencillez e inocente alegría. Cuando estaba en alguna labor tenía siempre un canto en los labios como sus hermanos los pajaritos de Dios. Y cuando volvía con su alforja llena de alimentos, detrás de la borrica, sudoroso bajo el sol, en su cara se veía un dulce resplandor de alegría, que los campesinos salían a la puerta de sus casas, saludándole e invitándole a charlar o tomar alguna cosa.

Un día de Navidad el Hermano fue a la aldea. Después de pasar un rato, cayó en la cuenta de que le esperaban en el convento. ¡ Pobre de mi, se dijo: si me esperan en el convento y se me ha pasado el tiempo! Era ya entrada la noche y, después de santiguarse se encaminó por la vía del convento. El caso fue que, anda que te anda, entre padresnuestros y avemarías, advirtió con sorpresa que la senda que seguía la pollina no era la misma de siempre. Con lágrimas en los ojos, los alzó al cielo pidiendo ayuda al Todopoderoso. De pronto se percibió en la oscuridad del firmamento una hermosa estrella de color de oro, que caminaba junto con él y le servía de guía y antorcha. Dio gracias a Dios por aquella maravilla y, a poco trecho, como en otro tiempo, su borrica se resistió a seguir adelante, y le dijo con clara voz de hombre mortal: "Considérate feliz, Hermano Longinos. Por tus virtudes has sido señalado para el premio eterno".

No bien había acabado de oír esto cuando sintió ruido y una oleada de aromas. Por el camino que él seguía vio, guiados por la estrella que él acababa de admirar, a tres señores ricamente ataviados. Los tres tenían porte e insignias reales. El delentero era rubio como un ángel. Su cabellera larga se esparcía sobre sus hombros. Su barba entretejida con hilos de oro resplandecía sobre su pecho. Iba cubierto con un manto bordado de perlas preciosas. Era el rey Gaspar. El otro, de cabellera negra, ojos también negros y muy brillantes, ceñía en su frente una magnífica diadema. Era un tanto viejo y con sólo mirarle aparecía como un rey de un país rico y misterioso. Era el rey Melchor. El tercero era de rostro negro. Tenía una mirada con singular aire de majestad. Iba en una silla de marfil y oro sobre un elefante. Era el rey Baltasar.

Pasaron sus majestades y tras el elefante seguía con su usado trotecito la borrica del H. Longinos quien, lleno de mística complacencia, desgranaba las cuentas de su rosario.

Y sucedió que, tal como en los días del cruel Herodes, los tres reyes magos, guiados por la estrella divina, llegaron a un pesebre en donde estaba la reina María, el santo señor José y el Dios recién nacido. Y cerca la mula y el buey, que entibiaban con el calor de su aliento el aire frío de la noche. Baltasar postrado, descorrió junto al niño un saquito de perlas preciosas. Gaspar, en jarras doradas, ofreció los más raros ungüentos. Y Melchor hizo su ofrenda de incienso y de marfiles.

Entonces desde el fondo de su corazón el buen Hermano Longinos dijo al niño que sonreía: "Señor yo soy un pobre siervo tuyo que en su convento te sirve como puede. ¿Qué te voy a ofrecer yo triste de mi? ¿Qué riquezas tengo? ¿Qué perfumes, qué perlas y qué diamantes? Toma Señor, mis lágrimas y mis oraciones, que es todo lo que puedo ofrecerte". Y he aquí que los Reyes de Oriente vieron brotar de los labios de Longinos las rosas de sus oraciones, cuyo olor superaba a los otros ungüetos e incienso; y caer de sus ojos muchas lágrimas que se convertían en ricos diamantes, por el arte del amor y de la fe. Todo esto, al tiempo que se oía el eco de un coro de pastores en la tierra, y la melodía de otro de ángeles sobre el techo del pesebre.

Entre tanto, en el convento había una gran desolación. Era la hora del oficio. La nave de la capilla estaba iluminada por las llamas de los cirios. El abad estaba en su sitial, aflijido, con su capa de ceremonia. Los frailes se miraban con tristeza. ¿Qué desgracia habrá acontecido al buen hermano? ¿Por qué no ha vuelto de la aldea? Todos estaban en sus puestos, menos quien era la gloria del monasterio y el sublime organista... ¿Quién se atreve a ocupar su lugar? Nadie. Ninguno sabe los secretos del teclado como el Hermano Longinos.

Y como ordena el prior que se proceda a la cermonia, sin música, todos empiezan el canto dirigiéndose a Dios, llenos de una vaga tristeza... De repente, en los momentos del Gloria a Dios en el Cielo..., en que el órgano debía resonar..., resonó como nunca. Los monjes cantaron, llenos del fuego del milagro. Y aquella Nochebuena, los campesinos oyeron que el viento llevaba desconocidas armonías del órgano conventual, de aquel órgano que parecía tocado por manos angélicas como las de la gloriosa Santa Cecilia...

El Hermano Longinos de Santa María había entregado su alma a Dios y se había convertido en otro ángel del Cielo. Los religiosos enterraron su cuerpo bajo el coro de la iglesia en una tumba especial.

De Rubén Darío,

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