Hermann Cohen

 

Nació en 1820 en Hamburgo, Alemania. Niño prodigio, alumno predilecto de Franz Listzt. Vive la vida, sus placeres y ambiciones y a los 26 años se convierte. Ingresa en Conferencias de san Vicente de Paul, se hace sacerdote. Funda la Adoración Nocturna en París en 1848.

Gran sermón en París (24 abril 1852)

"Muy queridos hermanos míos. Mi primer acto al presentarme en este púlpito cristiano, debe ser una pública retractación de los escándalos que en otro tiempo tuve la desgracia de dar en esta ciudad.

¿Con qué derecho, podríais decirme, con qué derecho vienes a predicarnos, a exhortarnos a la virtud, a la piedad, a exponernos las verdades de la fe, a hablarnos de lo que amamos, de Jesús y de María, tú, que los has ultrajado mil veces en compañía de pecadores públicos, arrastrándote en el barro de una inmoralidad sin pudor, tú, a quien hemos visto arrebatado por el viento de cualquier doctrina, haciendo profesión abierta de todos los errores: tú, en fin, cuya deplorable conducta nos ha contristado tan a menudo?.....

Sí, hermanos míos, confieso que he pecado contra el cielo y contra vosotros, reconozco que he merecido vuestra animadversión y que no tengo derecho alguno a vuestra benevolencia......

Cuando entré en una iglesia, yo no era sino un miserable judío. Esto era en el mes de María.. Cantaban santos cánticos... María, la madre de Dios, me rebeló la Eucaristía, yo conocí la Eucaristía, conocí a Jesús, conocí a mi Dios, y pronto fui cristiano... Pedí el santo bautismo, y el agua santa se derramó sobre mí, y al instante todos mis pecados, los horribles pecados de 25 años de crímenes, todos mis pecados quedaban borrados. ¡Dios me había perdonado!, y mi alma inmediatamente quedaba pura e inocente... Dios, hermanos míos, Dios me ha perdonado... Hermanos míos, ¿no me perdonaréis vosotros también?...

He recorrido el mundo, he visto el mundo, he amado el mundo... y he aprendido una cosa en el mundo, y es que nadie goza en él de felicidad. ¡La felicidad! Yo la he buscado, y, para hallarla, he recorrido las ciudades, he atravesado los reinos, he surcado los mares. ¡ La felicidad! La he buscado en las poéticas noches de un clima encantador, sobre las olas límpidas de los lagos de Suiza, en las cimas pintorescas de las más altas montañas, en los espectáculos más grandiosos de la Naturaleza. La he buscado en la vida elegante de los salones, en los festines suntuosos, en el aturdimiento de los saraos y de las fiestas. La he buscado en la posesión del oro, en las emociones del juego, en las ficciones de una literatura romántica, en los azares de una vida aventurera, en la satisfacción de una ambición desmedida. La he buscado en las glorias del artista, en la intimidad de los hombres celebres, en todos los placeres de los sentidos y del espíritu. La he buscado, en fin, en la fe de un amigo, sueño de cada día y de todos los corazones... ¡ah, Dios mío! ¿dónde no la he buscado?

Y vosotros, amigos míos, ¿la habéis hallado? ¿Sois felices? ¿No os falta nada? Pero me parece oír aquí, como en todas partes, un lúgubre concierto de gemidos y de quejas, que se elevan por los aires. Me parece que vuestros corazones hacen resonar este grito unánime de la humanidad doliente: felicidad, felicidad, ¿dónde estás? ¡Dime dónde te ocultas, e iré, al precio de mi fortuna, de mi salud, de mis días si es preciso, iré a buscarte, a asirte, a poseerte! ¿Cómo puede explicarse semejante misterio, puesto que el hombre ha nacido para la felicidad? Es porque la mayoría de los hombres se equivocan acerca de la naturaleza misma de la felicidad, y porque la buscan donde no está.......

Sólo Dios puede satisfacer esta necesidad del corazón del hombre. Pero, ¿cómo alcanzar a Dios y poseerlo? Dios aparece en sus obras y sobre todo en la obra admirable de la Encarnación y de la Redención. Dios, en la persona de su Hijo, Jesucristo, ha descendido de los cielos, ha venido hasta nosotros, se ha hecho el compañero de nuestro viaje, el pan de nuestra alma. Dar a conocer el nombre de Jesús ha obrado una verdadera revolución en el mundo. "Pero yo no creo en Jesucristo", replicará el incrédulo. " ¡Eh!, le responderé yo: yo tampoco creía, y precisamente por eso era desgraciado". Jesucristo se nos da, y para hallarlo es preciso velar y rogar. Jesús está en la Eucaristía, y la Eucaristía es la felicidad, es la vida.

Jesucristo es hoy la Eucaristía (poco antes de su muerte, 1870):

¡Jesucristo en el día de hoy!...

Hoy me siento débil... Necesito una fuerza que venga de arriba para sostenerme, y Jesús bajado del cielo se hace Eucaristía, es el pan de los fuertes.

Hoy me hallo pobre. Necesito un cobertizo para guarecerme, y Jesús se hace casa... Es la casa de Dios, es el pórtico del cielo, ¡es la Eucaristía!

Hoy tengo hambre y sed. Necesito alimento para saciar el espíritu y el corazón, y bebida para apagar el ardor de mi sed, y Jesús se hace trigo candeal, se hace vino de la Eucaristía.

Hoy me siento enfermo.. Necesito una medicina benéfica para curarme las llagas del alma, y Jesús se extiende como ungüento precioso sobre mi alma al entregárseme en la Eucaristía.

Hoy necesito ofrecer a Dios un holocausto que le sea agradable, y Jesús se hace victima, se hace Eucaristía.

Hoy, en fin, me hallo perseguido, y Jesús se hace coraza para defenderme. Me hace temible al demonio.

Hoy estoy extraviado, se me hace estrella; estoy desanimado, me alienta; estoy triste, me alegra; estoy solo, viene a morar conmigo hasta la consumación de los siglos; estoy en la ignorancia, me instruye y me ilumina; tengo frío, me calienta con un fuego penetrante. Pero, más que todo lo dicho, necesito amor, y ningún amor de la tierra había podido contentar mi corazón, y es entonces sobre todo cuando se hace Eucaristía, y me ama, y su amor me satisface, me sacia, me llena por entero, me absorbe y me sumerge en un océano de caridad y de embriaguez.

Sí, amo a Jesús, amo a la Eucaristía! ¡Oídlo, ecos, repetidlo a coro, montañas y valles! Decidlo otra vez conmigo: ¡Amo a la Eucaristía! Jesús hoy, es Jesús conmigo... Esta mañana, en el altar, ha venido, se me ha entregado, lo tengo, lo poseo, lo adoro, en mi mano se ha encarnado. ¡Felicidad soberana! Me embriaga, me enciende en hoguera abrasadora. ¡Es mi Emmanuel, es mi amor, es mi Eucaristía!

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