Resumen de la encíclica "ECCLESIA DE EUCHARISTIA"

Presentamos la síntesis que distribuyó la Sala de Prensa de la Santa Sede de la encíclica "Ecclesia de Eucharistia", publicada por Juan Pablo II el día de Jueves Santo del 2003.

La decimocuarta Carta encíclica del Papa Juan Pablo II se propone presentar una reflexión pormenorizada sobre el Misterio eucarístico en su relación con la Iglesia. Se trata de un documento relativamente breve pero denso en sus aspectos teológicos, disciplinares y pastorales.

El sacrificio eucarístico, "fuente y cima de toda la vida cristiana", engloba todo bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo se ofrece al Padre para la redención del mundo. Al celebrar este "misterio de la fe", la Iglesia hace perennemente "contemporáneo" el Triduo Pascual a todos los hombres de todos los siglos.

El primer capítulo, "Misterio de la fe", explica el valor sacrificial de la eucaristía que, por el misterio del sacerdote, hace sacramentalmente presente en cada Misa el cuerpo "entregado" y la sangre "derramada" para la salvación del mundo. La celebración de la Eucaristía no es una repetición de la pascua de Cristo, su multiplicación en el tiempo y los diversos lugares, sino el único sacrificio de la Cruz que se hace presente hasta el fin de los tiempos. Es "fármaco de inmortalidad", como afirma san Ignacio de antioquía. Como prenda del reino futuro, la Eucaristía estimula el sentido de responsabilidad de los creyentes respecto al mundo presente, donde los más débiles, los más pequeños y los más pobres esperan la atención de alguien que, con su solidaridad, les ayude a esperar.

"La Eucaristía edifica la Iglesia" es el tema del segundo capítulo. Cada vez que el fiel participa en el Sagrado Banquete, no sólo recibe a Cristo, sino que es recibido a su vez por Cristo mismo. El Pan y el Vino son la fuerza que da unidad a la Iglesia. Ésta se une a su Señor que, bajo la apariencia de las especies eucarísticas, habita en ella y la edifica. Lo adora no solamente durante la Santa Misa, sino en todo momento, custodiándolo como su más preciado "tesoro".

El capítulo tercero reflexiona sobre la "apostolicidad de la Eucaristía y de la Iglesia": así como no se da la integridad de la Iglesia sin la sucesión apostólica, tampoco hay verdadera Eucaristía sin el Obispo. Quien "hace" la Eucaristía actúa en persona de Cristo cabeza; por eso no posee ni puede disponer de la Eucaristía, sino que es siervo para el bien de la comunidad de los redimidos. De esto se sigue que la comunidad cristiana no "posee" la Eucaristía, sino que la recibe como un don.

Ésta es la reflexión que se encuentra en el capítulo cuarto: "La eucaristía y la comunidad eclesial". La Iglesia, al administrar el Cuerpo y la Sangre para la salvación del mundo, se atiene a lo que Cristo mismo ha establecido. Fiel a la doctrina de los apóstoles, unida en la disciplina sacramental, debe manifestar incluso de manera visible la unidad invisible que la caracteriza. La Eucaristía no puede ser "usada" como instrumento de comunión, sino que, más bien, la presupone y la convalida. En esta perspectiva se ha de considerar el camino ecuménico que atañe a todos los discípulos del Señor: la Eucaristía crea comunión y educa a la comunión cuando se celebra en la verdad. No puede estar a merced del arbitrio de los individuos o de comunidades particulares.

El quinto capítulo está dedicado al "decoro de la celebración eucarística". La celebración de la "Misa" comprende aspectos exteriores cuyo cometido es subrayar la alegría que embarga a todos los que se reúnen en torno al don inconmensurable de la Eucaristía. La arquitectura, la escultura, la pintura, la música, la literatura y, en general, el arte en todas sus manifestaciones, dan testimonio de cómo la Iglesia a lo largo de los siglos no ha tenido reparos en "derrochar" para mostrar así el amor que la une con su divino Esposo. También en las celebraciones de hoy se ha de recuperar el gusto por la belleza.

El sexto capítulo, "en la escuela de María, mujer "eucarística", se centra con original actualidad en la sorprendente analogía entre la Madre de Dios, que gestó el cuerpo de Jesús y se convierte en el primer tabernáculo, y la Iglesia, que en su seno custodia y da al mundo la carne y la sangre de Cristo. La Eucaristía se da a los creyentes para que su vida sea perenne "Magnificat" a la Santísima Trinidad.

La conclusión es comprometedora: quien desea seguir el camino de la santidad no necesita nuevos "programas". El programa ya existe: es Cristo mismo, a quien se debe conocer, amar, imitar y anunciar. La puesta en práctica de este programa pasa a través de la Eucaristía. Lo atestigüan los Santos, que en cada instante de su vida han saciado su sed en la fuente inagotable de este Misterio, obteniendo de él fuerza espiritual para realizar plenamente su vocación bautismal.

Texto completo de la encíclica