Adoración Nocturna, ayer y hoy

Por su interés copiamos unos artículos publicados en varios números de La Lámpara del Santuario de 1891 en los que, el entonces presidente, Antonio Sánchez Santillana recoge lo que era, y sigue siendo, la Adoración Nocturna:

Introducción
Capítulo I.
Capítulo II
Capítulo III
Capitulo IV
Capítulo V
Capítulo VI y último


La Adoración nocturna

INTRODUCCIÓN

Cristo, Señor nuestro, reside en la Sagrada Eucaristía de día y de noche: luego Cristo Señor nuestro, debe ser ado-rado en la Sagrada Eucaristía de día y de noche.

La certeza del hecho que afirmamos en este sencillísimo pensamiento consta por la fe; la conclusión deducida del mismo es innegable para todo entendimiento noble, e irresistible para todo corazón generoso. Sin embargo, es corriente entre los cristianos que Jesucristo sea adorado en el Santísimo Sacramento del Altar de día; ¡pero de noche...! es cosa nueva, rara y hasta sospechosa para muchos a quienes no obstante no puede negárseles nobleza de entendimiento y generosidad de corazón. ¿Será esto falta de fe? No. Ni uno solo de tales cristianos se atreverá a negar la permanencia del Señor Sacramentado, lo mismo de día que de noche, en la Hostia consagrada ¿será instrucción incompleta? Tampoco. Sustentad delante del más sencillo la siguiente tesis: "Cristo no tiene derecho a ser adorado de noche" y veréis cómo os refuta diciendo que Cristo debe ser adorado siempre. ¿Será falta de amor divino? Todavía menos. Hablamos con un hombre de comunión frecuente, católico a carta cabal; y uno de los más fervorosos miembros de la adoración diurna. Pues cómo se explica la extrañeza, el desvío y hasta la oposición de tan buenos cristianos, cuando se trata de la adoración nocturna. Sencillamente: primero, por falta de lógica, dicho sea sin ofensa, de nadie; y segundo, porque es imposible amar lo que no se conoce o se conoce imperfectamente.

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He aquí, en nuestro humilde juicio, los dos poderosos obstáculos que hay que franquear para abrir ancho y despejado horizonte a la adoración nocturna.

La falta de lógica. No podrá negársenos que la hay, y muy grande, por parte de aquellos católicos que, admitiendo y creyendo de corazón cuantas verdades de fe nos enseña la Iglesia acerca de la Sagrada Eucaristía, censuran, sin embargo, la adoración nocturna, la cual no es más que una legitima consecuencia inferida de una premisa que ellos admiten.

Y esto es perfectamente claro. Cristo, Nuestro Señor, no abandona los Sagrarios de nuestros templos durante la noche, porque ha prometido estar con nosotros, hasta la consumación de los siglos, y porque aunque en el Sagrario parece que duerme, su Corazón vela. Cristo no interrumpe su oración al Eterno Padre durante la noche, porque escrito está: vive siempre para interceder por nosotros; Cristo se queda en el Tabernáculo durante la noche para cumplir aquel oficio divinísimo de que nos habla Oséas, La llevaré a la soledad; y nunca nuestra alma puede apetecer ni lograr más quieta soledad con Cristo que durante la noche, junto a la estrecha prisión en que plugo encerrarse al divino Esposo. Cristo, en fin, está durante la noche en nuestros templos, porque en ellos aguarda siempre y a todas horas la mano del Sacerdote que le lleve por Viatico al moribundo para consolarle y fortalecerle en el gran viaje de la eternidad. Y Cristo vive, por último, en la tenebrosa noche, dentro de nuestros santuarios, como custodio, centinela y pararrayos del mundo, de tal suerte, que en el instante en que la Eucaristía falte de nuestro planeta, este se romperá en mil pedazos y vendrá a ser presa del fuego vengador de la justicia divina.

Y todo esto no lo hace Cristo por Él, sino por los hombres, a quienes amó, ama y amará hasta el fin; y en ello no reporta Nuestro Señor gloria alguna intrínseca, sino la meramente accidental que resaltarle debe de nuestras agradecidas y humildes adoraciones.

Dígasenos, pues, con qué lógica quiere relegarse el culto de Cristo a la plenitud del día, y privarle de él durante la noche, cuando en ésta Jesús no descansa de hacernos bien, y acaso los más grandes bienes, y el hombre, por su parte, no deja de ser hombre, y acaso más hombre; es decir, más flaco y miserable.

La fe, la razón, la lógica, la justicia, la gratitud, todo está pidiendo a grandes voces el Culto perpetuo para Cristo, y para Cristo Sacramentado. ¡Oh! &iecl;Y a quién le fuera dado establecer esa ecuación tan deseable, entre Cristo en el Sacramento perpetuamente amando, y el hombre perpetuamente adorando!

Es muy cierto, pues, que contra la tesis de la adoración nocturna a la Sagrada Eucaristía no puede presentarse prueba alguna de razón; y es claro que tampoco se han aducido teológicas y del orden moral, en cuanto la Iglesia católica ha bendecido a la adoración y a los adoradores nocturnos.

Pero aquí entra la ignorancia, produciendo grandísimos estragos aún en los ánimos mejor dispuestos y convencidos.

A estos engañados hermanos, de nuestro corazón muy queridos, por ahora no hemos de decirles sino una sola cosa: Venid, gustad y ver cuán suave es el Señor. Imposible será que os lleguéis a este divino Sol sin que os sintáis abrasados con sus rayos.

A otros menos dispuestos a dejarse atraer por el dulce imán de la Eucaristía, sola en la callada noche, pensamos dedicar la serie de artículos de la que el presente es sencillo bosquejo.

No confiamos en la fuerza de nuestras pobres razones para rendir ni un solo corazón a los pies de Jesucristo Sacramentado, sino en la virtud que Él ha de comunicarlas, si de ello es servido, para su mayor honra y gloria.

 


I

Dijimos en la introducción de este humilde trabajo, que la base firmísima sobre que descansa la Adoración nocturna es la residencia real, sustancial y verdadera del Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo en la Hostia consagrada, lo mismo de día que de noche.

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Volvemos ahora a repetirlo, porque deseamos ardientemente que esta verdad se grabe de un modo indeleble en las inteligencias y en los corazones amantes de la Sagrada Eucaristía. Además, conviene a nuestro propósito, y es de necesidad para nuestros lectores, que antes de entrar en materia, dejemos bien sentado el punto de partida, el cual no es otro que la citada proposición. Y como ésta sea incontrovertible para todo hombre que tiene la fe de Cristo, -pues no nos dirigimos a incrédulos ni aún siquiera a indiferentes,- nuestra grata aunque difícil tarea consistirá en resolver objeciones, aducir testimonios y presentar la obra de la Adoración nocturna tal cual es en toda su sencilla hermosura e intrínseca bondad.

Lo primero que llama la atención al considerar nuestro asunto y lo que constituye una de las causas de su desconocimiento, es su aparente novedad.

No puede negarse que hasta bien entrado el presente siglo, nadie se ha ocupado en la Adoración nocturna como obra eucarística reglamentada. Sin embargo, su espíritu es tan antiguo como la misma Iglesia católica. Fácil nos sería -si no dejásemos este asunto para otra pluma más competente que la nuestra- amontonar aquí citas históricas para demostrar la antigüedad de la Adoración nocturna. Basta a nuestro propósito recordar aquellas reuniones de los primeros cristianos que se celebraban de noche, durante las cuales en fraternal banquete se comía el Cuerpo del Señor. La misma disciplina de la Iglesia nos enseña que las grandes festividades se prolongaban hasta rayar el día, permaneciendo los fieles toda la noche en el templo cantando las divinas alabanzas, y esto, no ya por razón de las persecuciones, como en los primeros siglos, sino en méritos de la solemnidad que se celebraba. Si la corrupción de las costumbres obligó a la Iglesia a prohibir estas reuniones, su espíritu y tradición pasó a otras juntas de cristianos, los cuales, sometidos a una regla debidamente aprobada, continuaron la Adoración nocturna.

Así vemos en Oriente a San Alejandro con sus Acemetas cantando sin interrupción día y noche las alabanzas del Cordero (420). En Occidente a San Segismundo, Rey (515), instituyendo en el monasterio de Agaune, hoy de San Mauricio en el Valais, el Laus perennis o cantico perpetuo de los Salmos. San Amado (625), Dagoberto, Rey de los francos {628-638). Clovis II, Tierry y Pipino (752-768), copiaron, extendieron y celosamente defendieron aquella institución. La continuaron los monjes de San Martín de Tours, y a fines del siglo VIII la encontramos en San Germán de París, en San Pedro de Corbie, en San Benigno de Dijón, en San Marcelo de Soissons y en otros puntos. Y si las revueltas de los tiempos la ocultan a nuestros ojos en las páginas de la historia, llega el siglo XIII, y el divino sol de la Eucaristía vuelve a brillar en el cielo de la Iglesia con mas esplendor que nunca.

La fiesta del Corpus Christi, inspirada y revelada por el Eterno a una religiosa del monasterio de Mont Cornillón, en Lieja (Bélgica), es la señal del incendio de amor que viene a regenerar el mundo. La herejía de Berengario contra la presencia real de Cristo en la Hostia consagrada, ya había caído herida por los anatemas de seis Concilios, y al fin muerta a los pies del gran Gregorio VII.

Tomás de Aquino canta con lenguaje angélico el Misterio del Cuerpo del Señor; el Concilio de Trento ratifica la inspirada obra de Sor Juliana, fulminando sus anatemas contra los que osasen contradecir la legitimidad y la necesidad de la fiesta del Corpus Christi, que había sido concedida a la Iglesia universal por Juan XXII y Martino V; y en 1539 Pauto III erige en la iglesia de Santa Maria de Minerva, en Roma, In primera Cofradía del Santísimo Sacramento, madre y cabeza de todas las que hoy existen en el mundo católico.

A este renacimiento del estilo eucarístico respondió el rugido de la Reforma protestante; y la mal llamada Reforma del fraile impuro y lleno de soberbia, Martin Lutero, opuso la Providencia de Dios la Adoración perpetua de su divino Hijo Sacramentado.

El P. Anger, de la Compañía de Jesús, combate al calvinismo en Francia, especialmente en París, estableciendo la Adoración perpetua. San Carlos Borromeo inicia las Cuarenta Horas en los tres días de Carnaval. San Felipe Neri las celebra también en su Oratorio, y otras Corporaciones religiosas comienzan a exponer públicamente al Santísimo Sacramento en determinadas fiestas.

¡Qué faltaba para completar esta magnífica explosión del culto eucarístico! Que la autoridad infalible de la Iglesia proclamase desde lo alto de la Cátedra de San Pedro esta verdad.

Cristo, Señor Nuestro, debe ser adorado en la Sagrada Eucaristía de día y de noche.

Y esta proclamación la hizo solemnemente el Sumo Pontífice Clemente VIII, instituyendo, por su Bula Graves et diuturnae de 25 de Noviembre de 1592, la oración de las Cuarenta Horas, cuyo fin es adorar de día y de noche a Jesucristo Sacramentado.

El soplo del Espirito Santo venía de nuevo a reanimar aquella centellita de fuego, oculta hasta entonces, por la malicia de los tiempos, en el pecho de los Santos o en las casas religiosas. Cristo en la Hostia consagrada había sido adorado siempre por los escogidos de su Corazón, los cuales pasaban el día trabajando por la salvación de sus prójimos y la noche reclinada su frente en el altar del Cordero. Mas Cristo no había satisfecho su entrañable amor con solo la adoración de los justos, y quiso también la adoración de los pecadores; y como lo quiso lo hizo; ya lo vemos.

La voz del Papa estremeció de júbilo toda la tierra; el Santísimo Sacramento se vio adorado, públicamente expuesto a la veneración de los fieles, lo mismo en la pobre ermita que en la suntuosa Catedral; el justo y el pecador, el rico y el pobre, el sencillo y el sabio entonaron un cántico de acción de gracias al triunfo de la Eucaristía.

Cincuenta años después de este acontecimiento, cuando en Francia el jansenismo-esencialmente antieucarístico- comenzaba a arrebatar la piedad aún de las almas mejor templadas al calor del Tabernaculo, y cuando el naciente trono de Luis XIV se bamboleaba por las luchas, no bien extinguidas, de religión, Ana de Austria, Regente del Reino, propuso el establecimiento de una casa religiosa cuyo instituto fuese reparar los ultrajes al Misterio Eucarístico por medio de la Adoración perpetua. Catalina de Bar fundó en 1654 la primera casa de Señoras benedictinas del Santísimo Sacramento. Al morir la piadosa fundadora dejó establecidos en siete de sus conventos aquella Adoración. Otras comunidades la imitaron; y algunas adoraban solo de noche para completar la Adoración diurna que practicaban las asociaciones fundadas a este efecto.

El huracán de la Revolución, al barrer las Comunidades religiosas, arrastró con ellas la Adoración perpetua. Sor Maria Magdalena de la Encarnación, de las Franciscanas de Jesús, la restableció en Roma en 1807. Por último, viéronse cumplidos los días de este cielo eucarístico con la fundación en Paris de la Adoración reparatriz y de los Padres del Santísimo Sacramento, por el año de 1848. Los nombres de Sor Maria Teresa, en el siglo la señorita Dubouché, y del Rdo. P. Eymard son inseparables del culto eucarístico perpetuo en nuestros días.

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El Rdo. P. Eymard, auxiliado por el Abate de Cuers, antiguo oficial de marina, estableció la Adoración nocturna en 1856 con la bendición de Pío IX y el eficaz apoyo de Mons. Sibour, Arzobispo de París, de Monseñor Tripoli, su auxiliar, y de Mons. de la Bouillerie, Obispo de Carcasona. El mismo P. Eymard fundó también la Congregación de Siervas del Santísimo Sacramento para que continuase al pié de la divina Eucaristía la vida de la Santísima Virgen en el Cenáculo; adorar en el silencio y en la humildad.

Y no se crea que este movimiento eucarístico se limitó a Francia únicamente; si nos hemos detenido más en esta nación, es porque en ella Dios ha permitido los grandes crímenes, pero también ha suscitado las grandes reparaciones; por eso su historia eucarística es la más copiosa. Sin embargo, no deja de ser notable la de Portugal y Alemania; sin duda porque recibían las católicas inspiraciones de España, entonces de tan colosal poderío. Así no extraña encontrar en Baviera en 1674 una Cofradía establecida por el Príncipe a la sazón reinante, con el objeto de adorar de día en las parroquias, y que esta adoración la continuasen las comunidades durante la noche. Por lo que hace a nuestra Península, bien merece cuanto de ella puede decirse capítulo y tratado aparte.

Hemos hojeado muy de ligero el libro de oro de la historia eucarística; basta, a nuestro entender, lo dicho para demostrar que la idea de la Adoración nocturna no es nueva en la Iglesia católica. Hemos visto que se inspira en su tradición y en sus costumbres, y que como obra de perfección y de unión con Cristo en el Sacramento, la adoptaron multitud de religiosos y religiosas en todas las épocas. Hemos visto, por fin, que la autoridad infalible del Vicario de Dios en la tierra, exhorta y anima a todos los fieles a adorar de día y de noche a Jesús Sacramentado.

Pero el gran pensamiento de Clemente VIII recibió más tarde una sanción expresa y categórica, precisamente en lo que contiene de más hermoso, y sin embargo, menos grato a la generalidad de los cristianos, esto es, adorar de noche.

De intento hemos dejado para este lugar la última prueba en favor de la Adoración nocturna como institución no extraña, cual algunos creen, sino hija y muy predilecta de la Iglesia.

En el mes de Noviembre de 1810 y en la iglesia de Santa María in Vía Lata, de Roma, se reunieron, no obstante lo difícil de las circunstancias, algunos Sacerdotes y varios piadosos seglares con el fin de adorar de noche al Santísimo Sacramento. Dios bendijo sus santos deseos, y bien pronto aquel grupo de Adoradores creció hasta adorar diariamente las noches de Cuarenta Horas en las iglesias de turno. Cuando regresó a la Ciudad Eterna, libre ya de su cautiverio, el Sumo Pontífice Pío VII, contempló lleno de gozo aquella hermosa Obra eucarística en todo su esplendor; agradecido a sus oraciones- que acaso contribuyeron a sacarle de la cautividad de Napoleón más que otros medios humanos -la colmó de indulgencias y gracias espirituales. La Asociación continuó creciendo y prosperando de tal suerte, que León XII la erigió en Archicofradía, otorgándola la facultad de agregar todas las fundaciones que para adorar de noche al Santísimo Sacramento se hiciesen en el mundo. Esto sucedió en 1824; desde entonces, sin interrupción, la Archicofradía continuó su obra, y hoy mismo edifica con su ejemplo a todas sus similares.

Ahora bien: una obra de tal manera bendecida, querida y autorizada por la Iglesia Nuestra Madre, ¿podrá seguir siendo mirada como institución extraña, imposible y quimérica? Rubor nos causa consignarlo, pero hemos oído decir a personas de ilustración y respetabilidad, que la Adoración nocturna no pasa de ser un buen deseo irrealizable entre españoles…

El Cordero, que ha sido inmolado por los hombres de toda nación y lengua, mediante su pacifico triunfo entre los hijos de España, contesta con elocuencia divina aquella errada afirmación....

Por nuestra parte, continuaremos en los artículos siguientes la demostración que nos hemos propuesto, tratando de persuadir, por las razones de conveniencia y oportunidad, a aquellos a quienes los argumentos de autoridad aducidos en el presente artículo hayan convencido de la excelencia de la Adoración nocturna como instituto aprobado y bendecido por la Iglesia. ¡Cristo Sacramentado nos ayude!

 

II

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Tal es la triste condición de nuestros tiempos y talla flaqueza que nuestra virtud, que fundadamente creemos no es posible persuadir a nadie por simples argumentos de autoridad. En nuestras costumbres, y basta en la atmósfera en que vivimos, se respira el espíritu de independencia, de libertad y de previo examen más o menos libre, pero examen al fin. No basta para inclinarnos a obrar el bien, que la autoridad legítima e indiscutible nos lo ordene; estamos ya acostumbrados a ver cómo el que manda pone exquisito cuidado en fundamentar sus mandatos, justificar hasta la saciedad sus ordenaciones y sentar sobre bases inconmovibles los fundamentos de su doctrina.

Aquella obediencia absoluta, pronta y sencilla que nuestros mayores prestaban a los mandatos de la autoridad, sin discutirlos lo más mínimo, obediencia de espíritu y de obra, hoy es patrimonio de un corto número. Es preciso -para la generalidad y para la generalidad de la gente piadosa a quien nos dirigimos -que el mandato o la recomendación del superior vaya apoyado en razones de tal peso y robustecido de tales pruebas, que la razón y la sensibilidad se interesen igualmente,-y acaso en mayor grado la segunda que la primera. Si esto no acontece, por punto general causa pérdida.

No levantarla hoy Pedro el Ermitaño ni un solo hombre para la más santa de las Cruzadas al sencillo grito de Dios lo quiere, como levantó millares y millares en el siglo de fe que escuchó aquel mágico grito de guerra para libertar del poder de los turcos el sepulcro de Cristo. Hoy, Pedro el Ermitaño tendría que exponer su plan de batalla, y presupuestar los gastos de la conquista, y ofrecer riquísimo botín y fácil victoria; que, aún con todo esto, no faltaría más de uno que le preguntase, ¿por qué Dios lo quiere?

Apena el alma y la hace sentir profunda amargura, que después de diez y nueve siglos de maravillas eucarísticas en todos los puntos del globo y de milagros estupendos obrados por Cristo en la Hostia consagrada, todavía sea preciso recordar al mundo, ¿qué al mundo? a la misma grey escogida, que Cristo reside en medio de ella y que no hay nación tan grande que tenga a sus dioses tan cerca de sí como nosotros tenemos al nuestro. ¿Dónde está nuestra fe? ¿Dónde nuestro amor? ¿Qué se ha hecho del natural agradecimiento que abriga el corazón de todo hombre…?

Seamos francos. Pensamos poco o nada en Cristo Sacramentado, y cuando pensamos lo hacemos imperfectamente. Nos consta con entera certeza, y jamás lo pondríamos en duda, que en el Sacramento reside continuamente Dios, que nos crió; Dios, que nos conserva; Dios, que nos ha redimido con su sangre; Dios, que endulza nuestras amarguras y fortalece nuestra debilidad; Dios, que guarda a nuestros hijos, a nuestras mujeres, a nuestros padres, a nuestros amigos y para todos hace ostentación continua de su Providencia; Dios nuestro ¡qué hermosa palabra! y todas nuestras cosas. Emmanuel, Dios con nosotros. Pero no nos acordamos de Dios como no sea para pedirle; ¡en qué pocas ocasiones para darle! Y sin embargo: Dios quiere le demos gloria; quiere que le demos alabanza; quiere que le demos honor; quiere que le demos bendiciones; y Él, el Cordero que ha sido inmolado por nosotros, nos reclama todas estas cosas por medio de un acto sencillísimo y fácil; por medio de la adoración.

¡Adorar! No hacen otra cosa los ángeles, los justos y la misma Virgen Santísima en los cielos. ¡Adorar! Santo, Santo, Santo: he aquí el discurso de aquellos ciudadanos de la Jerusalén celeste; he aquí su himno de triunfo y su cantico de acción de gracias, ante la contemplación de las perfecciones divinas. Aquellas inteligencias angélicas las unas, glorificadas las otras, no discurren ni solicitan nada para sí delante del Trono del Cordero; ven y adoran.

Salvando la inmensa distancia que media entre la tierra y el cielo, entre los glorificados y los viadores, digásenos sinceramente: ¿es imposible o acaso inconveniente el copiar en este mundo las bellezas del otro? ¿Por ventura Cristo en la gloria merece más que Cristo en el Sacramento, o es menos en este que en aquella? El corazón cristiano que medite, un poquito siquiera, sobre estas ideas, no puede menos de adorar, si es que no hace traición a su fe y a su instinto generoso. Y nótese que no decimos simplemente orar; es más gráfico, exacto y adecuado el otro término. Porque adorar, no es sólo llegarse a Dios para levantar hasta su trono el corazón y pedirle mercedes; adorar es esto que acabamos de decir, pero al mismo tiempo es confesarse como nada delante de Dios y darle todo aquello que, como hemos dicho antes, de justicia le debemos y Él amorosamente nos pide.

"Todo hombre cuyo espíritu no está completamente enervado quiere y debe adorar", ha dicho un protestante. Un incrédulo, Lavater, profirió está otra hermosa frase: Si yo pudiese creer en la presencia de Jesucristo en el Sacramento, me parece que me pasaría mi vida entera de rodillas delante de Él, y que jamás abandonaría esta postura de adoración. Hermosísima frase que debe hacernos asomar al rostro los colores de la vergüenza y a los ojos un torrente de lágrimas. ¿Qué dirían estos herejes si viesen la conducta de tantos y tantos que nos preciamos de fervorosos católicos? ¿Qué diría Lavater si leyese este pobrísimo artículo, y otros muy notables de escritores ilustres, dirigidos a demostrar minuciosamente que Cristo debe ser adorado de día y de noche...?

Pero es, desgraciadamente cierto que, no obstante las amorosas excitaciones de la Iglesia y el esfuerzo de los celadores del culto eucarístico, la Corte de Jesús lejos de aumentar disminuye, o al menos no progresa del modo que debiera.

Tertuliano dijo que el alma del hombre es naturalmente cristiana; nosotros, acomodando bellísima expresión a nuestro asunto, nos atrevemos a afirmar que el alma del hombre es naturalmente eucarística. Y se nos figura no pecar de inexactos.

En efecto. La acción de gracias es un sentimiento que brota del corazón, con la misma naturalidad que nace de la luz el calor. Vemos en las relaciones sociales que un beneficio recibido, una simple atención que se nos dispense, la pagamos si quiera con una visita por medio de la cual entendemos demostrar nuestro agradecimiento mas o menos profundo, pero siempre nuestra atención, hacia la persona con quien nos sentimos obligados.

Y cuando omitimos este acto, aunque la relación de agradecimiento sea poco estrecha, nuestra conciencia nos acusa de haber caído en falta; y cuando nos encontramos con el acreedor de nuestra atención, nos apresuramos a decirle: amigo mío, estoy en falta con usted. No son estos vanos cumplidos, como otros que en sociedad se estilan, sino un sentimiento natural de nuestra alma que Dios ha infundido en ella, a manera de dulce lazo de unión entre los seres racionales. Y bien se nota al hombre que no cumple con estos sencillos a la par que grandes deberes, pues de él lo menos que se dice es llamarle mal educado o desatento, cuando no se le marca con el estigma horrible de ingrato.

Hay más. Si en el curso de nuestras relaciones sociales llegamos lo que se llama a intimar con una persona, esto se conoce en la mayor frecuencia con que la visitamos. Si esa persona celebra sus días; si llora la muerte de algún ser querido; si se ve perseguida o en algún trance apurado; si enferma de peligro ella o algún miembro de su familia, en todas estas ocasiones volamos a su lado para compartir sus alegrías o sus dolores, no regateando sacrificios de ningún género en tal de servirla y complacerla. ¡Cuántas veces habremos pasado el día y la noche a la cabecera de un enfermo! No tantas como en espléndido festín terminado por ruidoso baile, cuyas últimas vueltas iluminó el sol del día siguiente...

Ahora bien. Vemos, y conste que no la condenamos, muchísima cortesía para el mundo; poquísima cortesía para Dios; y esto sí que es de llorar con lágrimas amargas.

La frase familiar entre los buenos cristianos de Visitas al Santísimo Sacramento encierra fe profunda, amor inmenso y cortesía exquisita del corazón agradecido del hombre hacia el Corazón amorosísimo de su Dios. Visitar al Santísimo Sacramento y adorarle en estas visitas, es lo más digno, lo más hermoso y lo más útil que puede hacer el hombre en su vida. Es lo más digno, porque la criatura racional se pone en comunicación inmediata, al habla, por decirlo así, con su mismo Criador y Señor Omnipotente, elevándose hasta su trono y concertando con la Majestad divina las cosas y los intereses más preciados y excelentes del cielo y de la tierra. Es lo más hermoso, porque sólo Dios pudo inventar escena más poética y sublime que la representada por el hombre polvo y ceniza animado por un espíritu flaco y miserable – en íntimo coloquio con el que es Grande,- Inmenso, Belleza y Bondad infinitas. Es lo más, porque por pecador e indigno que sea el que se llegue a visitar a Cristo Sacramentado, jamás se retirara con las manos vacías: y si de aquella visita no resulta su completa conversión, confíe que Jesús no es desatento como los hombres, y es seguro que le devolverá la visita en la ocasión menos pensada; acaso en la hora de partir para la eternidad.

¡Qué duro debe ser nuestro corazón, pues tiene en la mayor soledad a Cristo Sacramentado! no obstante que nos impulsan a hacerle compañía el autorizado ruego de la Iglesia nuestra Madre, el amoroso llamamiento del mismo Cristo y los sentimientos más nobles de nuestra propia alma. No os diré ya siervos, sino amigos, dice Jesús: nosotros contestamos a tan finísima y tierna llamada alejándonos de Él! porque nos urgen los negocios temporales y es preciso que a ellos dediquemos nuestro tiempo y nuestra atención. Además, esperamos de los amigos del mundo las honras, las riquezas, el bienestar terreno, y es necesario compartir a su lado las fatigas de ese mundo en que se lucha por adquirir tan positivos bienes.- Cristo es de buen contentar, porque es todo misericordia. Dediquémosle- si los negocios lo permiten, pues antes es la obligación que la devoción- un cuartito de hora cada día de fiesta para ver Misa, y luego acudamos a algún sermón notable: Cristo quedará complacido y nuestra piedad satisfecha: ¿qué más puede pedírsenos? ¿Qué más? Que adoremos a Cristo, y éste Sacramentado.

De día y de noche le tenemos presente en los Sagrarios de nuestros templos; allí nos espera para colmamos de bendiciones y de gracias; y como en su infinita sabiduría conoce hasta los más recónditos senos de nuestro corazón, también ha querido prevenir todas las excusas que podamos presentarle para huir de sus Tabernáculos.

Es la principal el cúmulo de negocios y asuntos de la vida civil que nos roba el tiempo y nos impide visitar al Santísimo Sacramento durante el día. Cristo nos sale al paso y refuta este argumento de nuestra tibieza, mostrándose durante la noche solemnemente expuesto en los Tabernáculos de las iglesias donde se verifica la Adoración nocturna.

Y henos aquí en el punto culminante de nuestro humilde trabajo. Tenemos delante materia vastísima y por todo extremo transcendental, cual es la exposición de lo que significa la Adoración nocturna, sus motivos, su peculiar carácter y su práctica. La importancia de todas estas materias exige artículo separado y aún libros enteros para ser desarrollada digna y adecuadamente. También la paciencia de nuestros lectores reclama punto final en el presente artículo, y justo es que ellos y nosotros descansemos por hoy para entrar de lleno, Dios mediante, en la materia propuesta.

III

Tócanos exponer ya en este artículo las razones especiales en que se apoya la Adoración nocturna del Santísimo Sacramento, una vez sentado en los anteriores el fundamento inconmovible en que ésta descansa, a saber: la real y continua presencia de Cristo todo entero en la Hostia consagrada. Pero lo confesamos lealmente: al tratar de exponer aquellas razones que bien pudiéramos llamar de congruencia, por las cuales tratamos de demostrar que Cristo debe ser adorado en el silencio de la noche, no hemos acertado a coordinar nuestros pensamientos; porque nos sucede lo que acontecería a un aficionado a la música, que después de oír interpretar a un experto maestro las sublimes harmonías de Mozart, se propusiese hacer sobre el mismo artístico tema desafinados acordes.

Nosotros tuvimos la dicha de leer toda entera, antes de comenzar a escribir este artículo, la Bula de Clemente VIII Graves et diuturnae, por la cual instituyó la Oración de las Cuarenta Horas, y después de leído y saboreado este aureo documento, no pudimos decir otra cosa que ¡bendito sea Dios! el Espirito Santo habló por boca de Clemente Ipsum audite; calle toda lengua de hombre. Y firmemente decididos nos pusimos a traducir ese precioso documento, himno de gloria a la Sagrada Eucaristía; razón de todas las adoraciones que se la rinden; quejumbrosa plegaria elevada hasta su trono; signo de paz y de misericordia para los pueblos extraviados; llamamiento del Pastor supremo a la dispersa grey para congregarla como la gallina congrega sus polluelos, cabe los blancos accidentes de la Hostia pacifica y adorable.

Además nos parece talla importancia de esa Bula, que no vacilamos en apellidarla Credo, Código y Bandera de los Adoradores de Cristo Sacramentado, y programa de todas las publicaciones católicas.

Nuestros lectores juzgaran después de leerla con cuánta razón hacemos estas afirmaciones; y si comparan tiempos con tiempos, hombres con hombres y circunstancias con circunstancias, verán cómo el Romano Pontífice Clemente VIII fue profeta de nuestros males presentes y médico divinamente inspirado que previno el único remedio que nos ha de sanar.

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Por otra parte, conviene que documento tan insigne figure en la segunda serie de nuestra Revista, para que sea conocido, estudiado y consultado por cuantos se precien de ser humildes propagadores del culto eucarístico.

Dice así:

Clemente, Obispo, Siervo de los siervos de Dios a nuestros queridos hijos el Clero y pueblo romano, salud y Bendición Apostólica.

Las graves calamidades que hace largo tiempo afligen al pueblo cristiano, por sus pecados, agravándose más cada día, mueven incesantemente nuestra solicitud pastoral, que a toda la Iglesia debemos, y Nos hacen sentir vivo dolor a la vista de los males presentes y en la perspectiva de los que nos amenazan. Pero nuestro corazón y entrañas paternales están traspasadas, sobre todo por el estado aflictivo en que se encuentra el noble reino de Francia, en otro tiempo tan floreciente, el cual hace ya muchos años se ve profundamente perturbado y afligido por los males más crueles. El incendio alimentado por la herejía se extiende por todas partes; animados de igual furor contra la Iglesia, los herejes de un lado y los turcos por otro, nos amenazan muy de cerca; de tal suerte, que es evidente por todos la inutilidad de los esfuerzos humanos para conjurar tantos peligros, como la gracia celestial no los dé su fuerza. Para que podamos obtenerla debemos recurrir a esa mensajera e intérprete de nuestros deseos, por la cual se nos otorgan todos los bienes, la oración: que partiendo de un corazón humilde y de un espíritu contrito penetra hasta los cielos, aplaca la cólera de Dios, destierra las calamidades y los castigos y obtiene la abundancia de las misericordias divinas. Ella, la oración es la que los Santos Padres apellidan llave del cielo, que, según sube a él, así desciende la misericordia de Dios; y con tanta mayor facilidad y abundancia desciende, cuanto mayor es el número de cristianos y de piadosas muchedumbres que, unidos en un mismo espíritu de caridad, continuamente oran.

1. Acordandonos, pues, de la palabra de Dios que se lee en el Santo Profeta: "Invócame, dice, en el día de la tribulación; yo te libraré y tú me honraras", Nos, para aplacar al Señor y apartar su cólera de su pueblo y obtener los auxilios que Nos son tan necesarios en tiempos tan difíciles, hemos resuelto instituir en esta Ciudad Santa públicos ejercicios de continuada y perpetua oración, de suerte que las Iglesias Patriarcales y las insignes Colegiales, como también las de título cardenalicio, las diaconías y las iglesias de los Regulares y de las cofradías, que se fijaran al efecto, celebren en un día, que se les señalara de antemano, la piadosa y saludable Oración de las Cuarenta Horas, de modo que siguiendo el orden preestablecido de iglesias y distribución del tiempo, DE DÍA, DE NOCHE y en toda hora del año el incienso de la oración SIN INTERMISIÓN se eleve en la presencia de Dios.

2. He aquí por qué os exhortamos vivamente en el Señor, a vosotros a quienes amamos como a hijos con especial afecto, para que con toda piedad y diligencia os ejercitéis en esta obra tan saludable y tan necesaria de la oración. Pobres somos todos y necesitados de la gracia de Dios; Él es el autor y el dispensador de todos los bienes nada bueno podemos apetecer, ni nada malo evitar sin su auxilio; pedid, pues, y recibiréis; llamad, y se os abrirá. Orad por la Santa Iglesia Católica, para que disipados los errores, la verdad de una sola fe se propague por todo el orbe de la tierra. Orad para que los pecadores mediten en su corazón y no perezcan en las olas de sus iniquidades, antes bien se salven del naufragio en la tabla de la penitencia. Orad por la paz y unidad de todos los príncipes cristianos. Orad por el atribulado reino de Francia, para que Él que domina a todos los reinos y a cuya voluntad nada se resiste, devuelva al Reino Cristianísimo, tan distinguido de la Iglesia, la primitiva piedad y sosiego que antes disfrutaba. Orad por que los turcos esos enemigos terribles de la fe, que llenos de furor y audacia amenazan por todas partes a los cristianos con someterlos a servidumbre, sean quebrantados por la diestra omnipotente de Dios. Orad, en fin, por Nos mismo, para que el Señor sostenga nuestra flaqueza y no sucumbamos al peso de tanta carga, antes bien Nos conceda hacer adelantar a su pueblo con nuestra palabra y con nuestro ejemplo desempeñando nuestro ministerio; y no obstante nuestra indignidad, Nos, con la grey que Nos ha sido confiada, lleguemos a la vida eterna, por la aspersión de la Sangre del Cordero Inmaculado, que ofrecemos y presentamos en el altar a Dios Padre para que mire la faz de su Cristo, y perdone a nosotros pecadores por la intercesión de nuestra abogada la Santísima Virgen Maria, Madre de Dios y de todos los santos que reinan con Cristo Señor nuestro.

3. Esta piadosa oración Nos mismo la inauguraremos en nuestro Palacio Apostólico el primer Domingo de Adviento, después de la Misa solemne, con nuestros venerables Hermanos los Cardenales de Ia S. I. R. y los Obispos y Prelados presentes en Roma; y después se celebrará también en las otras iglesias de la ciudad, por su orden Y en la forma prescrita, de modo que esta saludable costumbre de orar sin intermisión devotamente quede establecida.

4. Además para animaros a perseverar en piadosa institución, confiando en la Misericordia divina y en virtud de la autoridad de los bienaventurados Apóstoles Pedro y Pablo, concedemos indulgencia plenaria a todos los fieles de uno y otro sexo que, verdaderamente arrepentidos de sus culpas, confesados y habiendo recibido el Sacramento de la Eucaristía, oren devotamente, al menos por espacio de una hora, en cualquier iglesia en que dicha oración estuviese comenzada; y a los que por breve espacio de tiempo oren también en dichas iglesias, concedemos siete años y siete cuarentena de remisión en el Señor de las penitencias que le debieren.

Dado en Roma, en la iglesia de San Pedro, el veinticinco de Noviembre de mil quinientos noventa y dos, de Nuestro Pontificado el primero."

Ahora, si se nos pregunta para qué adorar al Santísimo Sacramento de noche, podremos contestar mostrando la Bula de Clemente VIII con su minuciosa y encarecida enumeración de intenciones encomendadas a la oración sin intermisión de los devotos del Sacramento.

Parécenos que la lista de calamidades y tribulaciones que afligen hoy al pueblo cristiano no puede compararse con la transcrita por el Pontífice en su Bula Graves et diuturnae, y no ciertamente por motivos de menos, sino, triste es decirlo, por motivos de más.

Entonces lloraba Clemente Vlll por la perturbación y desquiciamiento de un reino, del reino cristianísimo, de Francia; pero aún Cristo no había sido arrojado de las leyes, de las costumbres y de los Estados de Europa entera, como lo ha sido en los angustiosos días que hemos tenido la desdicha de alcanzar. Entonces el Papa podía con entera libertad dirigir su augusta voz al mundo católico para arrancarle una inmensa plegaria de penitencia junto a los Tabernáculos de Cristo Sacramentado, y el mismo Pontífice con su séquito de Cardenales, Obispos y Prelados presentes en Roma, inauguraba en la Iglesia de su Palacio Apostólico la Oración de las Cuarenta Horas, supremo esfuerzo para remediar los males de aquella época: hoy el Papa no tiene palacios, sino cárceles, pues el único palacio que el sacrílego despojo le ha dejado, cárcel es, y cárcel bien dura; que a la misma iglesia de esa cárcel no puede bajar el augusto prisionero, por no estar segura su sagrada persona de los ataques de los impíos ni aún en las mismas gradas del altar santo. Clemente VIII lanzaba un grito de temor y angustia ante las constantes amenazas del turco, porque éste, lleno de furor y audacia, pretendía, y en algunas partes lograba, someter a servidumbre a los cristianos; León XIII, y con él el pueblo católico, gime en la dura y despótica esclavitud con que le tiene aherrojado la secta infernal de la masonería bajo la férula del derecho nuevo apoyado en la fuerza bruta de millares de bayonetas y cañones. Clemente VIII tembló ante la posibilidad de que el calvinismo se entronizase en Francia: León XIII da la voz de alarma contra el liberalismo dominador del mundo. Y ¿a qué seguir...?

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El cuadro de nuestras desdichas es tan grande, que a contarlas una por una faltaría el ánimo antes de acabar tan triste pintura.

¿Por qué adorar al Santísimo Sacramento? ¿Por qué buscar remedio a nuestros males? He aquí los términos de la cuestión. Preciso es hoy, con mayor necesidad que en los siglos XVIy XVII, recurrir a esa mensajera e intérprete de nuestros deseos, por la cual se nos otorgan todos los bienes; preciso es recurrir a la oración, que "partiendo de un corazón humilde y de un espíritu contrito, penetra hasta los cielos, aplaca la cólera de Dios, destierra las calamidades y los castigos y obtiene la abundancia de las misericordias divinas." Preciso es, más que nunca, forzar las puertas del cielo - cerradas al presente como si fueran de bronce – con la llave de la oración, para que esta las abra de par en par y descienda sobre nosotros la misericordia de Dios: preciso es, de todo punto preciso, para que la misericordia de Dios descienda, y descienda con mayor facilidad y abundancia, que el mayor número de cristianos y de piadosas muchedumbres, unidos en un mismo espíritu de caridad, continuamente oren.

Sí."“Invócame en el día de la tribulación; Yo te libraré y tú me honrarás, dice el Señor. Y no hay manera mejor de atender esta amorosa excitación de la Misericordia divina, que procurando los católicos, en la medida de sus fuerzas cada uno, el que cada día, DE NOCHE y en toda hora del año, el incienso de la oración SIN INTERMlSIÓN se eleve en la presencia de Cristo Sacramentado".

¿De noche...? ¡Ah, cómo se subleva la flaqueza humana contra esta palabra! Sí, de noche.

De noche es la obra de Satanás; de noche abre sus casas de prostitución; de noche recibe culto el mas obsceno en las logias; de noche arruina la fortuna y el honor de las familias en el tapete verde de la mesa de juego; de noche tiende sus lazos a la inocencia y hace en ella su más abundante caza; de noche arma el brazo del asesino y lo asesta contra su inocente victima; de noche ¡qué horror! la Hostia consagrada rueda por los suelos villanamente profanada por el ladrón sacrílego; de noche ¡qué abominación y qué espanto! la Hostia consagrada es infamemente escarnecida en los antros infernales de los solidarios, secta diabólica vomitada en este mundo por la propia boca del demonio. ¡Qué terrible es la obra del enemigo; pero principalmente durante la noche! ¡Cuántas almas, cuanta gloria roba a Dios durante la noche su implacable adversario!

No hay que extrañar, pues, que las almas generosas verdaderamente amantes de Cristo, vayan a buscarle en la solitaria noche para formar, alrededor del trono en que se muestra Sacramentado y expuesto, una denodada milicia que, tomando la orden y el santo y seña de su invicto Capitán Jesús, se desparrame por el mundo para librar batallas contra el mundo que no es de Cristo, y contra el demonio y la carne.

En su lugar está que el soldado cobarde, perezoso y en inteligencias con el enemigo, abandone la guardia y busque mullido lecho para roncar a pierna suelta; pero que el soldado fiel y amante de su caudillo regatee la noche de guardia que en equitativo turno o según las necesidades de la lucha le impone la Ordenanza, es cosa para cubrirle de vergüenza y motivo para arrancarle el uniforme y arrojarle lejos de las huestes en que voluntariamente se alistó.

¿Qué soldados de Cristo son esos que no adoran de noche pudiendo adorar? De día se excusan con los quehaceres; de noche se disculpan con el cansancio del día. Nosotros les preguntamos francamente: ¿hay nadie más ocupado ni más activo que los malos?

Los mismos que presumen de buenos, ¿no gastan alguna o algunas noches al año en divertirse más o menos lícitamente? Sobre todo, mírese cada cual en el espejo de su conciencia, y después venga a decirnos, si tiene valor para ello, que no tiene por qué dedicar una noche a Cristo en la iglesia, cuando todas las noches han sido para Cristo en casa...

Queremos dejar al lector bajo la impresión de estas reflexiones, y en el número próximo, Dios mediante, volveremos a buscarle para que venga con nosotros, corporal o espiritualmente, a ver lo que es una noche de adoración.

 

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IV

¿Y qué es una noche de adoración? ¿Lastima grande que tenga que contároslo el mas tibio y frio de cuantos han tenido la dicha de ver espectáculo tan hermoso? Porque nada más conveniente para imprimir brillo y colorido a la descripción de un objeto bello, magnifico o sublime, que el narrador se sienta animado por la inspiración artística, conmovido por la impresión de lo magnifico o extasiado ante la visión de lo sublime. Así y solo así podrá resultar el cuadro en sus debidos tonos de luz y de color, y la verdad de la cosa representada no sufrir agravio; de otro modo, córrese el peligro de que la torpeza del artífice no acierte a retratar con fidelidad la imagen de su modelo y éste desmerezca en la consideración de las gentes.

He aquí por qué quisiéramos no vernos en la triste necesidad de describir con nuestra tosca pluma lo que es una noche de adoración; pero como hay, para desgracia suya, muchos cristianos a quienes es preciso contarles- y quiera Dios sea en momento oportuno, estas y otras muchas bellezas de la religión de Cristo, porque ellos, bien hallados con su mezquina sabiduría ó con su comodidad, no se dignan ir al templo para verlas con sus propios ojos, fuerza es que, pidiendo los auxilios de lo alto, cumplamos nuestro piadoso empeño y pintemos sin ser pintores.

La adoración comienza tres o cuatro días antes de su fecha; y aunque esto os parezca, benévolos lectores, más que paradoja, absurdo, no lo es sin embargo. Comienza la adoración al recibir la sencilla esquelita en que cariñosamente se os dice: "Querido consocio: os invito a adorar al Santísimo Sacramento tal noche". Semejante aviso suele recibirse en circunstancias muy varias. Unas veces, en medio de las crueles congojas y amarguras que proporcionan los azares de esta vida; otras, cuando se experimentan los rigores del abandono en que Jesús nos pone privándonos de sus consuelos; ya cruelmente atormentados por una violenta tentación, ya distraídos y lejos de Jesús porque disfrutamos algunas delicias de este mundo; ora alegres, ora tristes; pero, ¿quién en calma? Mas el pequeño papelito, mensajero celestial es de buenas nuevas.

"Querido consocio". Aquí vemos el primer rayo de luz divina que empieza a romper la densa niebla que rodea al alma. Acaso la tenéis atrozmente herida por la ingratitud del amigo o por la perfidia de alguien en quien habíais depositado los tesoros de vuestro amor; acaso lloráis la muerte de algún ser querido; quizá lucháis briosamente para no ser infiel al juramento prestado o a la palabra dada; quizá vuestra alma, sedienta de amor, anhelante de felicidad, busca con ansia refrigerarse en el manantial divino; pero los afanes de la vida del cuerpo se lo estorban… ¡y siempre, aún en la ocasión más favorable, la guerra dentro de nosotros mismos!

"Querido consocio: os invito a adorar al Santísimo Sacramento en la noche..."» El consuelo mas inefable se derrama por todo vuestro ser; os parece oír, no la atenta voz de vuestro hermano Adorador que os llama, sino la misma voz de Cristo, el primogénito de nuestros hermanos en el Padre celestial; Jesús es el que presentándose súbitamente sobre la mar embravecida de nuestras pasiones, y viendo que la navecilla de nuestra alma está próxima a perecer, manda a las olas que se humillen y al viento que no sople. ¡Querido consocio! ¿no somos, por ventura, divinae consortes naturae? ¿Quién como Cristo para llamarnos con toda propiedad queridos consocios? - Querido consocio: ven y adórame; porque cuando gimieres en la tribulación yo seré tu ayuda, y tú agradecido, me honrarás.

Y de la propia manera que Cristo serenó el mar que amenazaba tragarse a los pobres pescadores, los Apóstoles, así el tierno y sencillo aviso de que Cristo nos llama para que le adoremos, apacigua las tormentas del espíritu, disponiendo nuestras almas para la obra única y preexcelente por que fueron criadas: para servir y hacer referencia al Señor y gozarle en la tierra y en el cielo.

La primera etapa de una noche de Adoración no puede ser más hermosa. Bien empieza lo que empieza dándonos la paz: y despertando al alma, soñolienta de ordinario, y encaminándola al centro de su reposo.. Y he aquí por qué decíamos al comenzar que la Adoración principia mucho antes de su fecha. Desde que recibimos el aviso para la noche de turno, el alma comienza sus preparativos; del mismo o parecido modo que si el Rey de la tierra nos concediese una audiencia, en los días que precediesen no pensaríamos en otra cosa que en el traje que habríamos de llevar, en lo que deberíamos decirle y en las gracias y dones que nos propusiésemos obtener; así el Adorador nocturno limpia su uniforme, esto es, su alma, prepara y compone los discursos que ha de dirigir al Rey de los Reyes, y hace el memorial de todas las necesidades que ha de presentar ante su trono. La Adoración ha comenzado.

Mas ya llegó la deseada noche. La recepción ofrecida por el Rey pacífico se celebra sin ruido ni aparato alguno. Los convidados entran calladamente en el palacio, de ordinario pobre y humilde, de su soberano¡ en la antesala les espera el gentil-hombre y mayordomo de la Casa de Dios, esto es, el Sacerdote; otro Adorador como ellos es el capitán de aquella guardia que va a montarse en honor del Dios de los ejércitos, y se le llama Jefe de noche, para denotar que su imperio más bien ha de ejercitarse sobre el régimen y orden de las cosas que no sobre las personas de sus hermanos, cuyo Jefe verdadero y absoluto es Cristo. Allí está promulgada y se observa la más estrecha y dulce de las disciplinas; la obediencia por amor de Dios al que dirige, y éste ya sabe que tiene que ordenar todos sus actos al mejor servicio de Cristo y edificación de sus prójimos, porque es el servidor de todos. Completa ya la falange adoradora, al sonar la hora de reglamento para comenzar la vigilia, caen de rodillas, y el Sacerdote inicia el himno del Espíritu Santo, que se repite fervorosamente por aquellos soldados de Cristo preparados para el combate. Luego se lee algún punto de doctrina católica, y el Sacerdote lo desenvuelve con sencillez, a fin de que se grave en la memoria de los Adoradores y pueda servirles de materia meditable; está es la orden general de la noche. Pasase después una extraña lista; es la lista de las intenciones que cada uno recomienda a las oraciones de sus hermanos, y es altamente conmovedor escuchar los más sublimes acentos de la caridad, que con frase tan sencilla como elocuente procura interesar el corazón, pintando las necesidades de alma y cuerpo que afligen a los recomendados, o, lo que es más hermoso, olvidándose de sí mismos para pedir únicamente el triunfo de la Iglesia, el reinado social de Cristo o el alivio del alma más pobre del Purgatorio. Muchas veces, a través de las veladas peticiones de los recomendantes, se vislumbran abismos de desolación, tremendas desgracias y amarguras sin cuento. ¡Con qué empeño se interesa entonces el uno por el otro hermano! ¡Qué fervorosa y ardiente marcha la mutua recomendación al Trono del Cordero? ¡Qué simpática corriente de consuelos y fraternal compasión se establece entre los corazones de los Adoradores! ¡Sólo Dios ve y puede medir la intensidad de este amor reciproco que brota en su guardia nocturna!

Después de esto, se recoge la limosna para Cristo. Todos los Adoradores, cada uno según su devoción, va depositando en secreto su óbolo para sufragar los gastos de la vigilia. Casi nunca alcanza la colecta a cubrirlos por completo; pero &iecl;cosa admirable! la Adoración nocturna vive con más esplendidez, confiada en la Providencia de su Amado, que otras Obras que cuentan con recursos propios permanentes.

Con tan santas disposiciones y hecha una preparación tan hermosa, la guardia nocturna penetra en el templo. Las tinieblas le ocupan casi por completo; rotas en algunos puntos por los tibios rayos de luz de las lámparas, sólo alrededor del ostensorio se esparce la luz sin obstáculos. Viénense a la memoria aquellas palabras del Salmo XVII: et posuit tenebras latibulum suum, in circuito eius tabernaculum eius, y piénsase que el Dios ante quien se va a comparecer es "el que no puede manifestársenos sino entre densas nubes, dentro de las cuales se esconde como en tabernáculo para ocultar a nuestros ojos su resplandor y grandeza".

De repente el silencio del Santuario rómpese por un torrente de harmonía, y en lo alto de su Trono, rodeado de nubes de incienso, aparece la Santísima Persona de Cristo, vestida con los blancos accidentes del Sacramento. Los guardias nocturnos, unos con lagrimas en los ojos otros con ardientes suspiros, todos con suma alegría en el corazón, saludan a su Rey y baten la Marcha real eucarística, ese himno celestial del Pange lingua gloriosi Corporis misterium. El momento es solemne, magnifico, sublime; es un gusto anticipado de célica dicha: por duro, y terreno, y manchado que se tenga el corazón, en ese momento vibran sus más delicadas cuerdas, y las alabanzas resuenan desde el fondo del pecho; huyen las cosas antiguas, todo es nuevo en nosotros: corazón, palabras y obras»: Corda, roces et opera.

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Entonces empieza la audiencia pública y solemne que Cristo concede a sus elegidos. El Sacerdote lee ante el Trono del Cordero un mensaje de reconocimiento, de adoración y de amor; como a Monarca onmipotente y misericordioso, "os presentamos con humildad nuestras peticiones. Venirnos, Señor, a rogaros por la Santa Iglesia militante y purgante, por el Estado, por nosotros mismos y por nuestras familias, amigos y enemigos. Traemos el propósito de desagraviaros, en cuanto lo permite nuestra pequeñez, por las ofensas y ultrajes que de nosotros mismos y de otros habéis recibido y recibís en el Sacramento de vuestro amor. Como los guardias nocturnos velan por el reposo público en las ciudades, así en esta noche de vigilia venimos a velar por los que no oran, por los que os ofenden durante ella, para que les otorguéis tiempo de penitencia. Os pedimos, Señor, adelantamiento en la perfección para las almas vírgenes que os están especialmente consagradas; socorro para los moribundos; alivio para los enfermos; consuelo para los atribulados que sufren el peso de su cruz, y para los caminantes y navegantes viaje feliz."

Tales son los piadosísimos afectos que llenan el mensaje de los Adoradores nocturnos; pero por si alguna cosa conveniente o necesaria pudiera escaparse a la caritativa previsión de la guardia nocturna, se concluye con esta hermosísima deprecación: "Puesto que no sabemos lo demás que os hemos de pedir, Señor, para agradaros, sugeridnos Vos mismo las peticiones que os complazcáis en otorgar, y que el Espíritu Santo ore por nosotros con gemidos inenarrables".

Otras preces en que se reconoce la propia miseria y se solicita la ayuda de la Beatísima Trinidad, de la Santísima Virgen María y de los Santos Ángeles para pasar dignamente la noche, y por último un acto de desagravio, ponen término a la audiencia pública. Los Adoradores que no están de turno se retiran a descansar, a lo que, siguiendo nuestro símil, puede llamarse cuerpo de guardia, y delante del Santísimo Sacramento solo permanecen los que están de centinela en su hora correspondiente.

Y aquí está lo más sustancioso, lo más granado y lo más florido de una noche de Adoración. La hora de guardia.

Imposible parece, no habiéndolo experimentado, que aún los temperamentos más frágiles puedan soportar, sin cansancio ni fatiga del cuerpo, una hora larga hincado de rodillas. Esta aparente dificultad que atemoriza a los principiantes, se trueca en admiración para ellos al ser relevados de su primera guardia; no se lo explican, ni puede explicárselo nadie, más que por el gozo del alma neutralizando la pesantez y flaqueza del cuerpo.

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En la primera media hora el Adorador no se pertenece. Está puesto allí representando todas las intenciones de la Iglesia, del Estado, del Purgatorio, y en resumen todas las que se llaman generales de esta Obra de la Adoración nocturna. Así que sus oraciones, en mérito de santa obediencia, son, y no pueden ser otras, que las prescritas en el Reglamento. El Oficio del Santísimo, con su admirable salmodia, sus himnos magníficos y sus antífonas misteriosas; es decir, el lenguaje de la Iglesia nuestra Madre, con cuyo espíritu debe estar identificado el del Guardia nocturno en este primer período de su santo ejercicio. Para concluir el cual se hace el acto de desagravio, terminando aquí la oración pública u oficial en nombre de la Obra. En la segunda media hora el Adorador entra, por decirlo así, en el Sancta Sanctorum de la Adoración. Ya está el alma con Cristo Sacramentado y Cristo Sacramentado con el alma: los dos solos. Tienen muchas cosas que decirse, y no ya media hora, sino horas y horas apenas bastarían para comunicarse ampliamente el siervo con el Señor; por eso el más absoluto silencio se hace en torno del Adorador y de Cristo, y a nadie es licito interrumpirle, con ningún pretexto, ni para leer el mismo Santo Evangelio. Es preciso respetar el deseo y la elección de Jesús: Ecce ego lactabo cam, et ducam eam in solitudinem: Et loquar ad cor ejus. Es preciso respetar el deseo y la elección del Adorador, y por qué no decirlo, su santo e indisputable derecho al silencio. "Habla Señor, que tu siervo oye". Por eso, ¿a quién será licito terciar en esta inefable plática de Dios y el alma? ¿Qué palabra, que no sea la del Espíritu Santo, se atreverá a interrumpir el místico dialogo del amante y del amado, del esposo y de la esposa? No nos cansaremos de repetirlo: es lo más transcendental de la Adoración este absoluto silencio, y no hay exhortación, jaculatoria ni lectura por santa, elevada y sublime que ellas sean, que no resulte impertinente é insustancial, y destructora, sobre todo, de los grandes fines y proyectos espirituales que la Adoración se propone en la segunda media hora de guardia.

En estos instantes de inefable silencio, el alma más distraída se siente dulce y suavemente atraída hacia Cristo y por Cristo. Es el instante de lanzar esas dos intensas miradas; la una a la bondad de Jesús, la otra a la miseria nuestra. Es el instante de ver, con luz divina, los más recónditos senos de nuestro espíritu, y de oír la voz de Jesús, justo y misericordioso, que nos pide cuenta del estado de nuestra alma. Es el instante en que el corazón ni puede, soberbio, resistirse a confesar sus delitos delante de la escrutadora mirada de Cristo, ni se atreve, desesperado, a desconfiar de su salud ante el mansísimo aspecto de su Juez, de cuya boca parece salir esta frase de grandísima dulzura y consuelo: ¿Qué temes? ¿Quién te ha traído hasta mí? Tú y tus hermanos no me habéis elegido a mí; antes bien yo soy el que os he elegido a vosotros.

¡Qué momentos aquellos de dulce y amable conversar con Cristo! Sin discursos retóricos ni preparados por el arte, cada Adorador habla a su Dios en el lenguaje propio y nativo de su alma; acaso con más elocuencia y eficacia el rústico artesano que el culto hombre de ciencia. Y como el que lleva la palabra es el maestro divino; ¡qué enseñanza tan provechosa! &iecl;qué conclusiones tan acertadas! Como saetas se clavan en el alma los avisos y documentos adquiridos en una noche de Adoración; con tanta fuerza y vehemencia que, al menos para el pobre pecador que estas líneas escribe, serán los acusadores más temibles en el día del juicio, así como son ¡oh dulce consuelo! sus más seguros guías por el desierto de esta triste vida.

Lo aseguramos sin temor de ser por nadie desmentidos: no hay, no puede haber ningún Adorador nocturno, supuesta su buena voluntad de ejercitarse en tan santo oficio, que se retire de la presencia del Señor con las manos vacías. Cierto que no todas las almas recibirán en igual grado; pero todas, absolutamente todas las que se acerquen a adorar a Cristo en el silencio de la noche, gustarán de las delicias del Rey, tanto, cuanto más y mejor, de par en par, le abran las puertas de su alma.

Digásenos ahora: ¿qué súplica dejara de ser oída, qué plegaria dejara de ser atendida, qué gracia o qué dones no serán dispensados en tan bellos y oportunos momentos, cuando el alma purificada por el dolor de sus culpas, consolada por la entrañable acogida de su Juez, y ardiendo en los afectos de la más pura caridad, presenta a Cristo Sacramentado una larga lista de necesidades?- Cuanta más larga mejor, Jesús mío; a la nuestra sumamos todas las de los hermanos, de los amigos, de las familias que, sabiendo que tenemos en esa noche algún valimiento con Vos, nos han dicho acuérdate de nosotros. Y damos fe de que nada conveniente nos habéis negado en nuestras audiencias. Nuestras grandes miserias siempre las habéis remediado con vuestra gran misericordia...

No vacilamos en asentar esta afirmación: la Adoración nocturna, pero especialmente la media hora de silencio, es la mejor escuela de oración mental y vocal, y de santidad, que puede imaginarse. Hoy no podemos detenernos a tratar de propósito este asunto porque haríamos interminable este ya pesado artículo; pero basta lo dicho para animar a nuestros lectores a que tomen en consideración nuestro aserto y mediten acerca de él, pues tiene más transcendencia de la que a primera vista parece.

Pues bien. Todos y cada uno de los Adoradores van siendo sucesivamente, por su turno, recibidos en audiencia privada, y así transcurren las horas de la noche de Adoración hasta que la luz de la mañana comienza a alborear en el horizonte. En este momento el Jefe de noche penetra en el cuerpo de guardia, o sala de descanso, y a la voz de Benedicamus Domino, aquella pequeña tropa se levanta de sus lechos de campaña, que hasta en lo material suelen serlo, y se alista de nuevo para presentarse delante de su Soberano. Allí, delante de Él, vuelven a derramarse todos los corazones en afectos de reconocimiento, adoración, desagravio y acción de gracias; allí se espera que el Rey y el Caudillo celestial se digne despedir a su guardia nocturna, porque ya las otras santas almas que se ocupan en la diurna vienen a relevarnos; allí vase entreteniendo el alma en dulces coloquios y gustos anticipados del sabroso banquete que pone término a noche tan hermosa.

Por fin, el Cordero desciende de su trono y antes de ocultarse en el Sagrario nos bendice. Luego, como si con pena se hubiese separado de nosotros, sale nuevamente del Sagrario, y... se va con todo el que quiere recibirle en su pecho...

¡Merces tua, magna nimis! A ver, ¿dónde se encuentran soldados mejor retribuidos que los soldados de la guardia nocturna de Jesús? Con ser su Jefe infinitamente poderoso, no puede darles más que lo que les da... ¿Quién no volverá a servirle contento y agradecido?

Concluyamos. Et nox illuminatio mea in deliciis meis, dijo el Santo Rey Profeta, y añadía: et nox sicut dies illuminabitur; &iecl;y no tuvo la dicha de pasar una noche en compañía de Jesús Sacramentado! ¡Solo le vio de lejos!

Pues los que tantas noches pasamos con Él, ¿qué diremos que es una noche de Adoración? Es el pleno día de un alma cristiana.

 

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V

No es posible abarcar de una sola mirada la mística belleza de un cuadro de Murillo, ni es fácil entender a la primera audición los misterios de harmonía que encierra una partitura del inspirado Mozart. El alma se desvanece al contemplar estas obra colosales del arte y del soplo divino; es necesario que algún mortal nos toque en el hombro para despertarnos del éxtasis que nos produce el conjunto bello, y no para arrancarnos de su contemplación inefable sino para hacerla más útil y sabrosa al encauzarla por las vías del análisis. Sustraídos ya a la mágica influencia deI todo, pasamos a admirar la belleza de cada una de las partes; y entonces, cuando nuestro guía nos va advirtiendo los magníficos contornos y celestiales rasgos de la Inmaculada o las sublimes notas que sirven de nervio y tema al Requiescat del religioso Maestro, exclamamos: Sí, eso es, magnífico, asombroso; no me había fijado en ese detalle; esa línea, esa nota es el alma de la composición, en ella resplandece el genio; ahora veo bien la magnitud de la obra.

¿Y qué es un cuadro de Murillo al Iado de ese inmenso cuadro de las maravillas de Dios, pintado por su omnipotente diestra en el lienzo del mundo o en el cristal diáfano y sutil del alma humana? Y qué es el más inspirado motete de Mozart junto a ese himno sin notas, pero con gemidos de paloma, que se escapa de un alma cristiana al ser tocada, como mística arpa, por el amante divino Cristo Jesús...?

Por eso, si difícil es describir en su majestuoso conjunto las obras de Dios, mayor dificultad ofrece el apreciarlas en sus maravillosos pormenores. A estudiarlos se han consagrado los santos y los genios de diez y nueve siglos; y todavía ni se ha agotado la materia ni el talento humano ha llegado a penetrar infinitos arcanos allá escondidos en el seno de esos dos mundos, tan magníficos en toda suerte de riquezas, que se llaman la naturaleza y la gracia.

Sin embargo, a la luz de la divina revelación y de la fe católica ha podido sondear la razón del hombre los misterios de ambos mundos; y aunque no haya logrado penetrar hasta su fondo, porque entonces el misterio desaparecería, ha sorprendido multitud de leyes y de relaciones que ligan al uno con el otro, y ha visto esa admirable unidad que, junta con infinita variedad, distingue a la creación como obra de un Dios sabio y omnipotente. Y del mismo modo que en el mundo de la naturaleza se descubren seres infinitamente pequeños que producen operaciones y cambios infinitamente grandes, en lo limitado del espacio y del tiempo, en el mundo de la gracia, causas, al parecer pequeñas e insignificantes, producen grandísimos y profundos cambios en la vida del espíritu que trascienden por modo maravilloso, eficaz e irresistible a la vida de las sociedades y mudan la faz de las naciones.

Un ser de esos que la ciencia llama infinitamente pequeños se reproduce prodigiosamente hasta el punto de contarse millares de millares de su especie en un circulo apenas abarcable por la lente del microscopio, y esa falange invisible puede, si Dios la deja obrar, matar en un instante legiones de hombres.

Una idea, una creencia, una práctica sencilla, sin importancia a los ojos del mundo, es a veces poderosa palanca en manos de Dios, que se sirve de ella para remover y desquiciar los grandes imperios, o infalible medicina para sanar a las naciones próximas a perecer en el lodazal inmundo de groseros apetitos. Los que sabemos que Cristo nuestro Señor, con un poco de barro, devolvió la vista a un ciego, estimamos en mucho las cosas pequeñas, y a primera vista despreciables, porque estamos acostumbrados a leer en el libro de la ordinaria providencia de Dios, que éste elige las cosas humildes para confundir a los fuertes.

No es una excepción, entre las obras inspiradas por Dios, la Adoración nocturna. En ella es de admirar, más que la belleza del conjunto, la excelencia de sus pormenores, y en ella las cosas más insignificantes son las que producen mayores efectos. ¿Quién podrá creer que una obra tan humilde, tan pobre y escondida como es la Adoración nocturna, sea una fuente de salud y de regeneración para el individuo y para la sociedad? A primera vista esto parece increíble, porque se nota desproporción de los medios respecto al fin, y aún dentro del mismo objeto de la Obra no encajan los resultados que se dicen en la pregunta; pero Dios discurre, permítasenos la frase, de distinta manera que la pobre razón humana, y su altísima sabiduría, que supo dotar de admirable virtudes los tallos de las flores para sanar las enfermedades del cuerpo quiso que de la Adoración nocturna brotasen aguas vivas de salud para las almas y para las naciones.

Estudiemos tan bello asunto.

Que la sociedad está enferma, ¿quién lo duda? Enferma, y gravemente enferma; de peligro. La prueba de su triste estado es la multitud de doctores y el sinnúmero de específicos que por todas partes se anuncian para curarla. Nunca, como ahora, se ha visto tanta solicitud y tanto celo de parte de los políticos, de los economistas, de los sectarios y de otros ejusdem fur furis, por remediar los males sociales. Todos convienen en que es preciso aplicar remedios heroicos para que la gangrena no consuma al cuerpo social; pero cuando se trata de formular el récipe, la más admirable discordia preside las determinaciones de esas juntas de salvamento que se han empeñado en prestarnos sus servicios, sin solicitud previa de nuestra parte. Los unos recetan mucha libertad y muchos derechos; los otros muchas necesidades, para que haya mucho trabajo y éste engendre mucha riqueza; aquéllos mandan extirpar sin misericordia cuantas instituciones antiguas pesan como granos malignos sobre el enfermo; éstos prescriben que se le aplique continuamente en motines y revoluciones para que así despida de su sangre los malos humores; y todos ensayan en la pobre sociedad enferma, pero muy enferma, como en anima viIi, cuantos específicos se les vienen a mano, aunque traigan la marca del mismísimo infierno.

Pero hay una receta que nuestros oficiosos curanderos suscriben por unanimidad y prodigan con la misma abundancia que el agua de la fuente los boticarios poco escrupulosos; esta receta dice: Despáchese: Pan y Toros. Es decir: ruido, mucho ruido; juegos, muchos juegos; diversiones, muchas diversiones.

En la terapéutica del infierno de cuyas oficinas procede la anterior receta, los medicamentos que en ella se prescriben están indicados, con especial indicación, para producir en el enfermo el colapso y la insensatez. Y como nuestros flamantes doctores han visto que el paciente se les va de entre las manos, quieren, sin duda, que no sienta la intensidad del mal y que muera alegre y divertido, orondo y satisfecho.... como mueren ciertos animales.

De donde resulta: que el mayor mal de todos los males llovidos sobre la sociedad ha sido el que ésta ignore su propia enfermedad y sus desastrosos avances, y que por consiguiente no piense en remediarlos buscando doctores y medicinas capaces de sanarla.

Este, este es el gravísimo peligro que corren los individuos y los pueblos modernos. Los unos y los otros distraen sus dolores morales, su hambre y sed de justicia, su falta de bienestar en el cuerpo y en el alma, haciendo ruido, mucho ruido, en su derredor; como el calavera depravado que necesita ahogar los gritos de su conciencia en el tumulto del festín. Ruido en los parlamentos; ruido en las academias; ruido en las cátedras; ruido en los clubs; ruido en todas partes, en casa, en los negocios, en el lecho de muerte; y hasta la misma tumba nos persigue el ruido de la vida moderna.

Si nuestros lectores meditan un poco sobre tanto ruido como se hace en este mundo, comprenderán el inmenso alcance y la profundísima sabiduría que se encierra en la conocida, pero no bien desentrañada frase del Profeta Jeremías -divinamente inspirada - cuando exclama: Desolatione desolata est omnis terra; quía nullus est qui recogitet corde: la tierra está desolada, por falta de recogimiento en los hombres dentro de su propio corazón.

El gran lazo del demonio para perder las almas y las sociedades es el ruido y la disipación. Por el contrario, la medicina de la naturaleza y de la gracia para curar el cuerpo o el alma que padece, es la quietud, el reposo y el silencio.

 


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V (continuación)

El silencio.- Grande cosa debe ser, cuando todas las obras dignas de admiración en la naturaleza y en la gracia se preparan y disponen en el silencio. El mundo salió del silencio de la eternidad únicamente interrumpido por solo una palabra omnipotente: fiat. La segunda creación, la creación a la gracia por la palabra de Cristo, fue precedida de treinta y tres años de silencio. Todas las maravillas de Dios se operan mediante el silencio, y se dan a conocer con poquísimas palabras, como si se quisiera respetar el silencio, la quietud y el reposo que las precede y las sigue ordinariamente. La Iglesia de Cristo ama el silencio; las comunidades religiosas más santas y más sabias: tienen por principal regla de sus constituciones la regla del silencio: hasta los mismos mundanos, que en tantas cosas se equivocan, solo aciertan cuando confieren en silencio sus asuntos difíciles y de interés. ¡Qué misteriosa fuerza encierra en sí el silencio!

Encierra la fuerza que echaba de menos el Profeta Jeremías en la contemplación del estado del mundo; esa fuerza que obliga al hombre a recogerse en su corazón para oír la voz de Dios y seguir sus dictámenes y sus inspiraciones; y ved aquí por qué el mundo aborrece el silencio y quiere, como hemos dicho antes, ruido, mucho ruido.

De modo que allí donde haya perfecto silencio y juntamente se esté más cerca del mismo Dios, allí tendremos una escuela de medicina para el alma, de santidad, de sabiduría y de perfección sumas. Por eso lo son, lo han sido y lo serán siempre escuelas de este género las comunidades religiosas y cuantos institutos se inspiran en la suprema sabiduría de la Iglesia nuestra madre.

Por eso lo es la Adoración nocturna. No a todos los fieles los ha llamado Dios a la soledad de los claustros, ni a la retirada vida del Sacerdote; la mayoría inmensa vivimos en medio del mundo, agitados por los negocios, distraídos por las atenciones mil de la vida moderna, en la cual, aun el más perfecto tiene que hacer todas sus cosas al vapor, como hoy se dice; pronto se harán por la electricidad, y peor para nosotros. ¿¿ónde reposaremos nuestro corazón para descansar de tanta fatiga, y dónde encontraremos ese rico silencio para que nuestra alma pueda oír quieta y tranquilamente la voz de Dios y la de la propia conciencia? Todavía en el mismo templo del Señor, si por ventura podemos entrar en él un breve rato, nos persigue el ruido del mundo, con su música profana a veces, y la inmodestia en unos y la irreverencia y la provocación en muchos. Aun cuando estas tentaciones desapareciesen, el aguijón del negocio o del asunto que imperiosamente nos reclama, no nos deja estar con sosiego. ¿Pues dónde encontraremos el puerto de refugio?

En la Adoración nocturna. En ella reina el más absoluto silencio e impera el mismo Dios, verdadera, real, y substancialmente presente. Bien sabemos que un cristiano verdaderamente interesado en su perfección espiritual puede construirse en su corazón una celdilla donde retirarse, como Santa Catalina de Sena, aun en medio del bullicio del mundo; pero esto es patrimonio de muy pocos y de los adelantados en el camino de la santidad. Para el común de los católicos es preciso un medio ambiente que les facilite, sin lucha ni dificultades, esa quietud, reposo y silencio tan necesarios para hablar con Dios; y ese medio ambiente es la Adoración nocturna.

Sí; la Adoración nocturna es admirable escuela de silencio. En ella se dan los primeros pasos, bajo la dirección del Divino Maestro, para salir del pecado, de la tibieza y de la indiferencia. Allí sucede a muchos ser la primera vez en su vida que se encuentran solos consigo mismos; que oyen una voz interior que les acusa por no llorados extravíos y que les muestra nuevos y hasta entonces ignorados derroteros en el camino de la salvación; una voz que imperiosamente les llama hacia el cielo; una voz cuyo timbre no les es desconocido, pero que oyeron siempre tan lejana y apagada por el ruido del mundo, que ahora les parece como un formidable trueno, el cual conmueve las más delicadas fibras de su ser.

Y los que por su dicha salieron ya del pecado y de la tibieza encuentran en el silencio de la Adoración nocturna un místico oasis en el desierto de la vida, en el que se recrean con las perfecciones y carismas del Amado. ¿Cuántos recibieron en estas placidas y tranquilas noches la señal de predestinación, sintiéndose llamados al estado religioso? y ¿qué decir del modo tan claro y distinto de ver y juzgar las cosas desde el silencio de la Adoración? En ella se adquiere el criterio de verdad y justicia, tan necesario para no dejarnos seducir por las vanas apariencias y frivolidades del mundo; allí se reducen las cosas a su verdadera magnitud y de allí se sacan dictámenes y reglas de conducta racionales, sugeridas por la gracia de Dios y la serenidad de nuestro juicio. Y todo esto se consigue sin ciencia, sin esfuerzo, con sólo permanecer atenta y devotamente delante de Dios; en silencio.

¡Ah! Si viniesen a la Adoración nocturna los oradores parlamentarios, los sabios de las academias y de las cátedras, los economistas y los legisladores, y cuantos dicen que se afanan por el bien de la sociedad, ¡cuán pronto sentirían trocada su ciencia inútil en ciencia verdaderamente eficaz! A pasos de gigante marcharía la regeneración de las naciones, y toda cultura y todo progreso.

La misma ciencia del mundo, para regenerar a los criminales, se ha visto forzada a tomar de la Iglesia la celda y el silencio. Y ¿acaso no existen otros criminales que los que purgan delitos comunes en los presidios? ¿Y los que envenenan la enseñanza en las escuelas y universidades? ¿Y los que corrompen las costumbres por el grabado y la prensa impía? ¿Y los que precipitan a los pueblos de la cima de su grandeza moral y política en lo profundo de la degradación y de la esclavitud? Pues qué, todos éstos, ¿no son criminales y no necesitan de arrepentimiento y de penitencia?

Vengan todos a la Adoración nocturna: no les exigimos, por el pronto, otras disposiciones que su lealtad de caballeros y el firme propósito de privarse voluntariamente de hablar en la presencia de Jesús Sacramentado. Y no queremos referirnos a la mudez de la lengua, que para lograrla basta el freno del respeto, sino a la mudez del espíritu; callen, oigan y atiendan por la primera vez en su vida..... Dios hará lo demás.

¡Qué cosa tan pequeña es un rato de silencio engastado en una sociedad pobre y escondido como la Adoración nocturna! Sin embargo, ¡qué efectos tan grandes puede causar este don de Dios si supiésemos y quisiésemos aprovecharnos de él!

Medítenlo nuestros lectores.

 

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VI y ÚLTIMO

Es incomparablemente más fácil convencer al entendimiento que mover a la voluntad.

Veo lo mejor y lo apruebo; sin embargo sigo lo peor; dijeron los paganos. Siento en mí dos leyes opuestas; la ley de la carne y la ley del espíritu: decía el Apóstol. Ambos gemidos de dolor representaban el duelo de nuestra naturaleza, caída del altísimo pedestal de la gracia a la profunda sima de la culpa. El hombre, en todo el transcurso de su triste existencia sobre la tierra, no hace otra cosa que confirmar aquel terrible axioma que nació con el pecado: video meliora proboque; sed deteriora sequor.

Pero los paganos se contentaron con lamentar las consecuencias de esta funesta lucha entre la materia y el espíritu y rindieron éste a discreción de su contraria. Cristo, Nuestro Señor, al predicamos su Evangelio quiso, que, en la guerra a muerte de la carne contra el espíritu, éste quedase como señor victorioso de su cruel enemiga. Y así como Cristo triunfó del pecado y de la misma muerte, los cristianos, siguiendo a nuestro invicto capitán, debemos triunfar del mundo, del demonio y de la carne, esgrimiendo contra ellos las armas bien templadas que, el Bautismo y los otros Sacramentos ponen en nuestras manos.

Pero ¡oh dolor! Esas armas las llevan muchos que se precian de buenos soldados de Cristo, ni más ni menos que como lucen las suyas los niños en sus juegos guerreros, o como las esgrimen los histriones en los teatros. Son armas de adorno, de puro lujo o de hueca vanidad. Si no, ¿cómo es posible que hoy, en pleno cristianismo, pueda exclamarse, cual si estuviésemos en pleno paganismo: veo lo mejor y lo apruebo; sin embargo, lo peor es lo que amo y lo que sigo?

Cierto, que a nuestra naturaleza, regenerada por la gracia de la redención, no se la ha eximido del combate y de la pelea; por eso San Pablo repetía el grito de angustia de la antigüedad pagana, y exclamaba: ¿quién me librara de este cuerpo de muerte? Pero también es cierto que la batalla contra nuestros enemigos se da en nombre de Cristo, auxiliados por Cristo y con la infalible promesa de triunfar y de ser coronados como vencedores, si peleamos como buenos. ¿Y dónde está nuestra victoria?

La victoria de los enemigos de Cristo sí que la vemos por todas partes; su ejército atruena el mundo con los himnos y canticos del vencedor, y ciñe cada día nuevos laureles por cada palmo de tierra que arrebata a la soberanía de Cristo en las naciones, o por cada alma que mata con eterna muerte.

¿Y los cristianos? ¿qué hacen? ¿dudan? ¿no creen ya en la fe que les sirvió de escudo en anteriores campañas? ¿se han pasado al enemigo...?

Los cristianos creen; llevan con orgullo la santa librea de los bautizados; lucen sus armas en ciertas prácticas devotas; disparan de vez en cuando contra el enemigo... pero no abandonan las fortificaciones de su comodidad ni se atreven a salir a campo raso, porque siempre encuentran motivos para quedarse en casa. Esto es lo que hacen muchos cristianos; creen, mas no practican.

Les veréis perorando en academias, congresos y liceos y aplaudiendo a rabiar las buenas doctrinas, las buenas personas y las buenas obras; pero invitadles a suspender el discurso o a dejar el periódico para hacer algo de eso que han aplaudido; y poco a poco, después de saludaros cortésmente, irán desfilando hasta dejaros solo con el ruido de sus vanas promesas y el eco de sus aplausos. Nada: soldaditos de papel que volaron al primer soplo de la realidad.

Y es que la fe sin obras es fe muerta; fe protestantizada, fe cómoda o de fin de siglo; fe que es la mayor de las calamidades permitidas por Dios sobre las sociedades católicas para castigo durísimo de sus pecados.

De semejantes fieles creemos, sin juicio temerario, que habrán leído con interés lo que significa la Adoración nocturna, y hasta nos parece oírles decir entusiasmados: ¡qué obra tan bella, sólida y racional! !Qué amada y bendecida de los Sumos Pontífices! ¡Cuán a propósito para la reforma de las costumbres! ¡Muchísima gloria da a Jesucristo Sacramentado! ¡Y qué fácil es practicarla!

Sin perjuicio de este cúmulo de alabanzas, nuestro cristiano, a su modo, cerrara piadosamente el tomo de LA LÁMPARA. DEL SANTUARIO y lo guardará en su librería junto con el entusiasmo que le ha producido su lectura; pero ¿ir a adorar? Eso no; por varias razones.

En el invierno porque hace frío; en el verano porque hace calor. Ahora porque está delicado; luego porque está en la convalecencia. Hoy porque está rendido de los quehaceres del día; mañana porque necesita estar descansado para los del siguiente. Además, eso de dejar sola la familia o la casa es un poco duro: y después de todo, ¿qué voy a sacar yo -dice el muy infeliz- de esa obra tan hermosa, sí, pero no necesaria?

De este modo el demonio va enredando a nuestro hombre en las mallas de cómodos pretextos, y da por fin con él plácidamente en la cama (y esto es lo más inocente) o en la tertulia, en el teatro, en el club... honestos, claro está, pero inútiles y desabridos para todo el que no posee su alma en vano.

Pues bien: sepa el que leyere con tales y tan flojas disposiciones, que los Adoradores nocturnos son hombres de carne y hueso, y que sienten el frío, el calor, el cansancio de los negocios y la ausencia de su casa y de su familia. Más precisamente porque sienten todo esto, y otras molestias peculiares a cada uno, tiene su obra algo de sacrificio, de meritoria y de expiatoria ante los ojos de Dios. Los Adoradores nocturnos no van a la adoración sólo para orar; van también para interceder y expiar, y estos dos últimos fines no se logran sin sacrificio.

No negamos que en determinadas circunstancias y con relación a ciertas personas, la Adoración nocturna será imposible; pero en la mayoría de los casos los católicos no adoran porque no quieren adorar; ponemos por testigo de ello a su propia conciencia. Consúltenla sinceros, y verán cómo acaban por reconocer que la verdadera causa que les impide, mejor dicho, que les solicita a no adorar de noche, es aquella de que hemos hablado antes y que puede resumirse en el grito que lanzaba el Apóstol; &iecl;quién me librara de este cuerpo de muerte!

Cuando el espíritu está pronto, aunque la carne trate de imponerse, se dominan todas las dificultades con sobrehumana facilidad. Así hemos visto honrados menestrales dejar su duro trabajo a las dos de la madrugada para venir a adorar al Señor, y a las siete de la mañana siguiente volver a reanudar sus rudas tareas. Secciones enteras de Adoración hay en España compuestas de labradores, que descansan de las fatigas de la vigilia marchando al campo en cuanto ésta termina, para regarle con el sudor de sus frentes. Hemos contemplado !bendito sea Dios! bizarros militares en activo servicio, aprovechando las noches que tenían libres y haciendo expresamente un viaje desde el cantón donde residían por ir a adorar a Jesucristo Sacramentado, y regresando a su destino al romper el alba para no faltar allí donde les llamaban sus deberes. ¡Cuantos y cuantos actos de abnegación y de sacrificio registraran las crónicas de la Adoración nocturna, que no podemos referir porque estarán escritos en el secreto de la humildad y de la modestia que se oculta a las miradas de los hombres! Pero Jesucristo los conoce, y nos los pondrá de manifiesto, para avergonzarnos, el día que nos pida cuenta de nuestra vida y de los dones con que durante ella nos enriqueció.

Cuando se ama y se ama de veras, nada hay imposible, y las acciones más heroicas y atrevidas se ejecutan con la misma facilidad que las ordinarias. Vamos a consignar para perpetua memoria, para gloria de Dios y para regocijo de ángeles y de hombres, al mismo tiempo que para estimulo de los católicos de España, una de las páginas de oro de la Adoración nocturna.

París, ardiendo por sus cuatro costados con el petróleo de la Commune, asediado por los ejércitos de Prusia y bajo el bombardeo de los sitiadores, no interrumpió ni una sola noche la adoración del Santísimo Sacramento. Aquella legión de Adoradores, mil veces más valiente que las que derramaban su sangre en las murallas y en los campos, anduvo errante de templo en templo para evitar la persecución de los rojos y las granadas de los prusianos. Se posaban y adoraban allí donde podían o querían recibirles. Una de estas memorables noches, y cuando solos en la iglesia hacían su cuarto vigilante los Adoradores de turno, el estampido de un proyectil resonó sobre sus cabezas; la bóveda del templo se abrió, y la granada lanzada por los sitiadores cayó sobre el mismo trono de Jesucristo Sacramentado. Aún no se había extinguido el estruendo del proyectil, cuando penetró otro que reventó como el primero, encima de la guardia pacifica de Cristo… La Adoración continuó hasta terminarse, sin que los Adoradores hubiesen sufrido el más mínimo contratiempo; las bombas de los protestantes prusianos no pudieron derribar a Jesucristo de su trono, ni lograron desalojar de sus posiciones a los soldados del Sacramento: se estrellaron contra la fe viva de aquellos hombres, que sin duda habían jurado morir a los pies de Cristo, antes que desertar ni una sola noche de sus banderas.

Si no nos llenase de santo orgullo el haber nacido en el pueblo de la Reconquista, del Dos de Mayo y de tres guerras de religión, sentiríamos honda envidia al no podernos llamar franceses; pero los católicos tenemos por patria el mundo, y nuestras glorias son comunes en toda la redondez de la tierra. España no puede referir episodios tan brillantes y conmovedores como este, pero, gracias a Dios, no carece de alientos todavía para reproducirlos si las circunstancias lo exigen.

¿Que resta por decir a los católicos españoles después de cuanto llevamos expuesto? Una sola cosa: Cristo Señor nuestro reside en la Sagrada Eucaristía de día y de noche: luego Cristo, Señor Nuestro, debe ser adorado en la Sagrada Eucaristía de día y de noche.

¡Corazones magnánimos, pechos generosos! ¡Católicos que estáis dispuestos a obrar lo que creéis! ¡Venite, adoremus! In noctibus extollite manus vestras in sancta, et benedicite Dominum.

Tomado de La Lámpara del Santuario, 1891


La ANE en el 48° Congreso Eucarístico Internacional en Guadalajara (México) en 2004

 

En octubre del 2004 se celebró en Guadalajara (Méjico) el 48° Congreso Eucarístico Internacional que inauguró el año de la Eucaristía, año que ha concluido el 23 de octubre pasado con el sínodo de los Obispos. Dentro de dicho Congreso se hizo un repaso de distintas experiencias eucarísticas en Europa. Una de ellas fue la de la A.N.E. expuesta por Adolfo José Petit, Director Espiritual Diocesano de la Adoración Nocturna de Sevilla.

En su completa exposición Petit repasa el origen primero de las vigilias, "Nacen las "vigilias" de Adoración Nocturna en la línea de las tradicionales vigilias nocturnas de oración desde los primeros tiempos cristianos, que se celebraban en las vísperas de las grandes fiestas litúrgicas y en las noches precedentes a los domingos, todas ellas inspiradas en la Vigilia Pascual de la Resurrección ("madre de todas las vigilias", como la llamaría San Agustín). Estas "vigilias" de oración fomentan la actitud cristiana fundamental del espíritu de vigilancia porque el Señor viene, está pasando… también cuando es de noche. "Dichosos los siervos a quienes el Señor, al volver, los encuentre en vela…" (Lc 12, 38). Y esto lo viven tanto almas contemplativas en el claustro o monasterio, como fieles seglares en medio del mundo actual....".

Continúa el Director Espiritual de la A.N.E. Sevilla con la historia de la A.N. actual, refiriéndose a su fundador Herman Cohen, judío converso, primero sacerdote, carmelita después, a su introducción en España en 1877 por Luis de Trelles, recogiendo la esencia de la A.N. y que reproducimos a continuación, para conocimiento de unos y recordatorio de otros "una asociación de fieles que, reunidos en grupos, una vez al mes, se turnan para adorar en la noche al Señor Sacramentado, en representacioacute;n y servicio de la humanidad y en nombre de la Iglesia, rezando la Liturgia de las Horas y haciendo oración personal silenciosa. Se ayudan para ello de un "Manual" de oración, propio de la asociación. Adoran con Cristo al Padre, "en espíritu y en verdad" (Jn 4, 23); se ofrecen en holocausto de alabanza y súplica por la salvación del mundo, con espíritu de expiación, en la presencia interpeladora de Aquel que nos ama. El "quedaos aquí y velad conmigo" de Getsemaní resuena en el corazón de tantos, como una llamada a la oración perseverante, al sacrificio escondido, compartiendo los afanes de Cristo Redentor, vivo, presente y operativo, con especial eficacia divina, en el Sacramento eucarístico. En ese espíritu, los adoradores nocturnos se comprometen no sólo a vivir esa vigilia eucarística mensual, sino que también anhelan promover y apoyar tantas otras formas de culto a la Sagrada Eucaristía, en el más estricto espíritu de comunión eclesial...". Termina Adolfo Petit, refiriéndose a las "Dificultades, esperanzas y retos de la "Adoración Nocturna hoy" con las siguientes palabras:

"No son tiempos fáciles para casi nada. Son muchas las circunstancias que dificultan hoy la "Adoración Nocturna". Baste recordar algunas: la fuerte secularización de las costumbres y los ambientes; el declive de la sensibilidad religiosa y cristiana; el "cerco" cultural que parece empeñarse en presentar tantas realidades espirituales y eclesiales como anticuadas y superadas por el moderno humanismo sin Dios; la dificultad no solucionada de convocatoria cristiana a los jóvenes; los cambios en las costumbres y hábitos de vida familiar y social; el influjo muchas veces negativo de los medios de comunicación social; la acentuada inseguridad ciudadana en algunos lugares… Y así podríamos señalar diversos condicionamientos que hacen al menos aparentemente menos actual o comprensible por el mundo de hoy una obra tan "espiritual" y "poco práctica" como la Adoración Eucarística, y más con ese carácter esencial de "nocturna".

Es innegable la disminución paulatina del número de adoradores. No se puede ocultar el "envejecimiento" --en edad y quizá también en vigor espiritual-- de los todavía muy numerosos grupos de adoradores y adoradoras. ¿Qué hacer? Muchos piensan, sin faltarles razón, que "seremos más cuando seamos mejores", con la ayuda de Dios. Otros piensan que además, son necesarios y urgentes cambios sustanciales, tanto desde el plano jurídico-institucional como desde el pastoral y práctico. En muchos aparece el desaliento, atenuado tan sólo por la confianza en Dios… A todos nos interpela el Señor, nos llama la Iglesia, nos necesita --sin saberlo- el mundo…

La "nueva Evangelización" --pedida por la Iglesia y reclamada por los tiempos en una vieja Europa descristianizada-- no podrá ser sino una Evangelización "para" la Eucaristía y "desde" la Eucaristía. La centralidad del misterio eucarístico --centro y raíz, fuente y cumbre de la vida y misión de la Iglesia-- nos exigirá cada vez más ser cristianos intensamente "eucarísticos", para ser apóstoles y testigos convencidos y comprometidos. Y el culto a la Santísima Eucaristía fuera de la Misa, y en concreto el culto de adoración (diurna y nocturna), será un crisol de nuevas vocaciones de todo tipo: vocaciones sacerdotales, a la vida religiosa "activa" o contemplativa en el claustro, vocaciones de seglares hondamente comprometidos en medio del mundo.

¿Y los jóvenes? Cuánta urgencia y cuántas posibilidades de ayudarles a descubrir este otro valor de "la noche". Frente a tantas "movidas juveniles"... ¿seríamos capaces de ayudarles a descubrir estas otras noches, calladas, hondas, solidarias, regeneradoras…? Seguramente tendremos necesidad, sin rebajar un ápice el espíritu eucarístico y el nivel de exigencia, de plasmar nuevos esquemas de oración, con estilo y lenguaje más adaptados, sobre la base de una catequesis juvenil que responda mejor a sus anhelos, su sensibilidad, sus verdaderas necesidades. Tal vez, para llegar a la adoración nocturna estricta --tan eficaz y necesaria hoy como en el pasado-- sean precisas otras formas previas o complementarias de vigilias de oración, de encuentros de diálogo religioso, de "veladas" de acción caritativa y social, que acaben en el encuentro más personal e íntimo con el Señor Jesús, que desde la Eucaristía nos dice: "conmigo lo hicisteis" (cfr Mt 25, 31-46).

Será muy importante que los "adoradores en la noche" sean cada vez más "apóstoles de día". La Adoración Eucarística auténtica no crea o educa cristianos meramente "piadosos" o "rezadores", sino testigos de Cristo, llenos del "fuego" apostólico y de amor a la Iglesia que Cristo vino a traer a la tierra (cfr Lc 12, 49), acrisolados en largos e intensos tiempos de oración (alabanza, acción de gracias, intercesión, reparación, contemplación del "Misterio"…) ante el Santísimo Sacramento".

Tomado de la agencia Fides

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